00.00h: Observatorio Astronómico Municipal Monte Deva (Gijón)

 

La Asturias que se mide en años luz

Eva Mayordomo / Gijón

 



“Todo
lo que vemos en el cielo es pasado;  si alguien nos estuviera mirando desde otro planeta vería dinosaurios”. En Deva, a medianoche, se observan los astros, pero también se habla de mitología, de navegación, de la paradoja espaciotemporal.

Aproximarse al Observatorio Astronómico Municipal Monte Deva, gestionado por la Sociedad Astronómica Asturiana Omega, es toda una aventura. Un cierto resplandor escarlata señala que hemos llegado al pequeño edificio, cuyo techo abierto indica que hay operaciones de vigilancia estelar en proceso. Son las doce pasadas y la noche, ante la mirada inexperta, parece despejada. Un manto de estrellas se muestra al ojo desnudo, ajeno al resplandor somnoliento y ambarino que a los pies de Deva emite la ciudad de Gijón.

En este  centro municipal, cuya superficie no alcanza tan siquiera la de una vivienda familiar, los socios de Omega se dedican principalmente a hacer seguimiento de cometas y cuerpos celestes. Envían esos datos a la Unión Astronómica Internacional, y su contribución no hace justicia a las dimensiones del observatorio. Aunque sí a la tenacidad que se demuestra en él, con 178 cometas observados. Jose Ramón Vidal, que es quien preside la entidad, es el quinto en la lista mundial en volumen de aportación de datos. Teniendo en cuenta que el primer puesto es para un frío e impersonal satélite, el Soho, nos hacemos una idea de la importancia de las labores que aquí desempeñan.

Y es que son muchas horas a la intemperie, o bajo la cúpula del observatorio.  Y difícil la tarea de grabar o hacer fotos para el reportaje, ya que la luz amarilla o blanca estropea las grabaciones de los telescopios. Además, la pupila humana tarde veinte minutos en volver a acostumbrarse a la oscuridad, y por ello todos los miembros hacen uso de bombillas de luz roja, menos agresiva. Hoy, a las doce de la noche, son cuatro los presentes. Cristina Sánchez, Enrique Díez e Isaías Gonzalo acompañan a Jose Ramón Vidal.

Tiempo antes, a las ocho, cuentan, ha recibido una visita escolar. Algo frecuente y que tiene una gran acogida entre los colegiales. No es de extrañar. Aquí uno puede entrarse de que las constelaciones, agárrense, están obsoletas. “Es algo más bien romántico”, ríe Isaías. De nada sirve ya en astronomía, pues, recitar los nombres otorgados por los griegos, por bonitos que sean. Casiopea, Orión,  Aries o  Andrómeda han dado paso a las eficaces coordenadas. Norte, sur,  grados, minutos y segundos. Conociéndolas, una vez un gran organismo como la NASA con sus telescopios de varios metros de radio los detecta, es para ellos pan comido introducir los datos en el Autostar, una especie de mando a distancia cuya información sirve para que enfocar al punto correcto de la esfera astral. Las imágenes que recoge van directas a un ordenador para su compilación. Las primeras que vemos están borrosas. La noche no es tan clara como nos había parecido. Sin embargo, con el paso de los minutos mejoran las condiciones y comienzan a tomar forma ante nuestros ojos un cuásar, un cúmulo globular llamado M3 y unas galaxias caníbales. El primero se llama 3C273 y está a tres mil millones de años luz de la Tierra. Por lo menos
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“¡Momento galleta!”, se oye. Y es que cuando la una de la madrugada ya está cerca, nada como algo dulce para no perder la energía.”El azúcar es bueno para la vista”, ríen. Así que con la glucosa repuesta, cuatro pares de ojos van de los ordenadores a las mirillas de los anteojos

La informática, comentan, como en tantos otros campos, supuso cientos de ventajas para los astrónomos aficionados. Ya no hay que esperar al día siguiente para saber si el planeta estudiado ha salido nítido o ha sido una jornada perdida.

Porque esa es otra pregunta obligada. ¿Cómo se compagina una afición tan exigente como esta con una vida normal? La respuesta parece obvia. “Robando horas al sueño”, coinciden. Isaías va más allá. Explica que “todos” los libros de astronomía están dedicados “a mi mujer, a la esposa”. ¿Por qué? “¡Por lo que nos aguantan!”.

Sin duda mucho han tenido que “aguantar” mujeres y maridos de los socios de Omega. Desde el 13 de mayo de 1995, cuando los cuerpos astrales se captaban en película 1600 ASA, han sido 17 años de mirar al Universo con tesón y meticulosidad. ¿Qué se obtiene a cambio? Respuesta fácil para Jose Ramón Vidal:”ver reconocido tu trabajo. El intercambio de datos es lo más importante”. Sus aportaciones le llevaron en una ocasión a visitar en Almería el Observatorio profesional de Calar Alto, donde envidió los tres metros y medio de diámetro de telescopio, frente a los 26 centímetros de los que dispone en Gijón.

Hora de despedirse. Mirando las estrellas se sobrepasa ampliamente, sin reparar en ello, la hora marcada para el reportaje.  Pero antes…“Yo no dejo que nadie se vaya de aquí sin saber dónde está el norte”. Así, es necesario, antes de abandonar el lugar, saber localizar la Osa Mayor, de ahí la estrella Polar, y por tanto establecer los puntos cardinales gracias a Septentrión,el nombre latino de esta importante agrupación de astros. Denominación esta debida a la creencia antigua que les hacía pensar que siete bueyes tiraban de la esfera celeste, haciéndola girar sobre el eje que pasa por la también llamada Polaris. Este es, por tanto,  otro trocito de conocimiento útil que uno puede llevarse del Monte Deva a medianoche. Para que luego digan que las constelaciones están pasadas de moda.



Apertura de la cúpula del observatorio

Telescopio de 26 cm de diámetro del que dispone la asociación



Cúmulo globular

Mirando el 'estelarium'

 

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