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Si
las paredes hablaran! Exclaman los que saben de sus secretos. Y
cierto es que esta sentencia doctrinal encierra verdad infinita,
aunque también lo es que no contaban quienes la formularon
con la capacidad de una buena guía para entablar un diálogo
con los muros. La historiadora de Arte Silvia Blanco lo consiguió
ayer.
Con ella hablaron las paredes de Gijón y sus suertes sirvieron
de portavoz a ladrillos, piedras, máscaras, gárgolas,
mosaicos y rejerías, que narraron cosas sobre el encuentro
entre el siglo XIX y el XX, dando cuenta de sus costumbres y su
gusto por la apariencia.
Silvia Blanco, fichas en ristre y datos en la mente, recorrió
el centro de Gijón haciendo paradas en algunos de los edificios
más singulares del modernismo y el art decó de la
ciudad. Tras ella, un extraordinario grupo de veinte personas, de
varias edades, que no recibían impasibles la información.
Primero, aplaudían felices de saber el año de la construcción
(casi todos los edificios rondaron los finales del siglo XIX), el
nombre de su arquitecto (muchas de las construcciones visitadas
son de Manuel del Busto o de Miguel de la Cruz), el origen decó
de los adornos vegetales, la recuperación de las formas primigenias
y las claves de su mucho eclecticismo. Pero el mayor placer manifestado
venía después, cuando a los datos, perfectamente ordenados
y explicados por la experta, podían añadir sus propias
informaciones, acumuladas de generación en generación.
El saber popular
Hablaban las alumnas de la historiadora sobre todo ellas
de los dueños del edificios comentados, de los comercios
que regentaron en sus bajos, hoy todos desaparecidos, y, sobre todo,
de los suntuosos interiores a los que sólo la imaginación
ayer podía llevarles, porque el recorrido lo fue únicamente
por las fachadas. Y es que, de hecho, el modernismo y el art decó
fueron estilos que volcaron todas sus fuerzas en el exterior de
los edificios.
«Nada tienen que ver sus interiores con la decoración
de sus muros», explicó la historiadora que, sin embargo,
hizo excepción en la construcción de Manuel del Busto
que mira al Muro de San Lorenzo, entre las escaleras dos y tres.
«Sólo he visto sus interiores en fotografía»,
advertía, «pero las vidrieras, los mosaicos, las zonas
de tránsito de la escalera están tan sumamente decoradas
como su fachada».
El conocimiento estaba claro quien lo aportaba. Silvia Blanco, que
nunca aplacó la profusión de datos de su especial
y divertida audiencia, ponía la seriedad del verdadero saber.
Pero el protagonismo de sus alumnas fue evidente en todo el recorrido
guiado.
Al abandonar, por ejemplo, la mirada sobre la casa que envuelve
las calles de San Bernardo, Munuza y la Merced del arquitecto
Luis Vellido, en el corrillo se dejaron oír varios
comentarios sobre los «impresionante de sus salones y despachos».
«Son pisos de, por lo menos, 300 metros», decían
las expertas alumnas ocasionales de la historiadora de arte. Una
de ellas aseguraba saber, incluso, que al primer propietario del
edificio, Gumersindo García, le llamaban «el Pobrón».
De la plaza del Instituto a la de San Miguel hablaron así
las paredes, la experiencia y la memoria.
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