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Barcelona
y Gijón. Dos urbes que, a simple vista, poco tienen que ver.
La primera, medieval y modernista. La segunda, romana y eminentemente
racionalista. La primera, con un trazado urbano diseñado
a tiralíneas que convierte su representación cartográfica
en un perfecto tablero de ajedrez. La segunda, con un callejero
que siente querencia por curvas y diagonales y parece obviar aquello
de que la distancia más corta entre dos puntos es la línea
recta. Sin embargo, no todo son divergencias entre la mayor
ciudad de Asturias y la segunda urbe de España.
Ayer se demostró que presentan algún que otro denominador
común. El taller de Arte y Sociedad, dentro del
programa de AlNorte, la semana artística organizada por el
diario EL COMERCIO, versó sobre La escultura en su
entorno. Y su ponente, la historiadora y artista Beatriz Cimadevilla,
estableció un juego de similitudes y diferencias entre las
dos poblaciones, tan similares y tan antagónicas como si
se las hubiera inventado Dickens.
Portuarias e industriales
Primero, poniendo sobre la mesa los parecidos más evidentes
entre los dos entramados urbanos: «Gijón y Barcelona»,
explicaba Cimadevilla, «son ciudades portuarias e industriales,
pero tienen una diferencia esencial: están bañadas
por mares distintos, lo que implica una gran variación en
lo referente a la luz y su incidencia». Así, el Cantábrico
y el Mediterráneo se fundieron a lo largo de un paseo de
algo más de dos horas. Un recorrido que se desarrolló
en las dependencias del Centro de Cultura Antiguo Instituto y en
el que lo importante eran las esculturas que estaban fuera, en la
calle. Tanto las que se encontraban ahí mismo, a la vuelta
de la esquina, como aquellas que exigían, para apreciarlas,
desplazarse unos cientos de kilómetros hacia el Este peninsular.
Las esculturas y sus espacios de Gijón y Barcelona
fueron desmenuzadas minuciosamente ante un respetable que combinaba
caras conocidas de otras actividades con neófitos en la materia.
Pero, aunque la vistosidad del patrimonio escultórico de
la Ciudad Condal impone lo suyo, la estrella de la tarde, por derecho
propio, fue el Elogio del horizonte. La misma Cimadevilla
había dicho que «vamos a darle más importancia
a las cosas de Gijón», y la obra de Chillida que vigila
el devenir cotidiano de la ciudad desde los primeros 90 tenía
que erigirse en el referente indiscutible. Se mostraron sus contornos,
se habló de sus motivaciones y se proyectaron diapositivas
tomadas durante su levantamiento en el cerro de Santa Catalina,
donde el fallecido escultor vasco quiso rendir tributo a la que
él consideraba «la patria de todos los hombres»:
el horizonte.
Aunque el paseo por la ciudad del Piles se extendió por buena
parte de sus rincones, desde el final del Muro donde se encuentran
las Sombras de luz de Fernando Alba hasta la plaza
del Humedal, iluminada por los Cubos de luz de Alejandro
Mieres, pasando, además, por la plaza de Europa (Los
Juncos, de María Jesús Rodríguez), o
los verdes parajes de La Providencia (Solidaridad de
Pepe Noja).
Cimadevilla destacó la importancia de las plazas a la hora
de emplazar esculturas públicas: «En muchos casos,
las esculturas dan vida a esos espacios urbanos, ya que es el espectador
el que hace pública la obra». Una obra que llega a
convertirse por obra y gracia de los urbanitas
en «un espacio lúdico». Ocurre en Barcelona.
Y también en Gijón.
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