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Ángel Antonio Rodríguez
Con
el sugerente título Juguetes rotos, Juan José
Lahuerta abordará esta tarde (19.15 horas, en el salón
de actos del Centro de Cultura Antiguo de Gijón) las complejas
relaciones entre arquitectura, urbanismo y artes plásticas.
Un equilibrio de difícil planteamiento, que ha fracasado
con frecuencia y que muchas ciudades no consiguen corregir ni orientar
con garantías. La mirada de este experto, curtida en distintas
disciplinas, es una de las más sorprendentes del panorama
arquitectónico de nuestro país, y puede abrir muchas
miras, tanto a profesionales como a neófitos.
Lahuerta es profesor de Historia del Arte y Arquitectura en la Escuela
de Barcelona. Es, además, autor de numerosos libros sobre
temas de arte y arquitectura contemporáneos, como 1927.
La abstracción necesaria (1989), Antoni Gaudí:
Arquitectura, ideología y política (1993), Decir
Anti es decir Pro. Escenas de la vanguardia en España
(1999), Le Corbusier. Espagne. Carnets (2001), Gaudí.
Antología contemporánea (2002) o El fenómeno
del éxtasis (2004). Ha colaborado con distintos museos
e instituciones en el comisariado de exposiciones, entre las que
destacan Dalí. Arquitectura (Barcelona, 1996),
Arte Moderno y revistas españolas (Madrid, Bilbao,
1996); Universo Gaudí (Barcelona, Madrid, 2002)
y París-Barcelona (París y Barcelona,
2002). Ha sido codirector de la revista CRC. Galería
de Arquitectura y actualmente es colaborador habitual de Temes
de Disseny y Casabella. Ha realizado ensayos de introducción
a la obra de Navarro Baldeweg, Grassi, Miralles y Barragán,
entre otros.
Para empezar podría hacer una síntesis de
la ponencia de esta tarde, un pequeño avance para el público
que acuda al Antiguo Instituto...
En la conferencia intentaré dar una visión de
la ciudad en la que vivimos a través de una serie de imágenes
de la ciudad en la que vivíamos, o se vivía, hace
unos años. Se trata, básicamente, de analizar algunos
fragmentos de películas que tienen como protagonista la ciudad
de los años 60. A partir de ellos podremos plantear una serie
de consideraciones críticas sobre la ciudad actual.
Los problemas urbanísticos son un mal endémico
en muchas ciudades, y la mayor parte de los gobiernos tienen dificultades
para arreglar los desmanes de antaño, como ocurre actualmente
en Gijón. ¿Se están haciendo bien las cosas
en este país?
No creo que las cosas hayan cambiado tanto. Tal vez en los
aspectos más superficiales. En general, podríamos
decir que tenemos ciudades mejor diseñadas, pero los aspectos
estructurales, desde la vivienda hasta el transporte público,
no da la impresión de que se hayan siquiera intentado solucionar
seriamente. Siempre nos referimos a esos desmanes de antaño
pero, por ejemplo, ¿no se han destruido mucho más
nuestras costas en los últimos 15 o 20 años que durante
las décadas sesenta o setenta? Ciertamente, se han destruido
con mejores palabras. Ese es sólo un ejemplo para empezar
a pensar que los desastres no ocurren sólo en el terreno
del lenguaje.
La arquitectura moderna, ¿cuánto tiene de
espectáculo y cuánto de solución?
La arquitectura actual es un producto del mercado, como cualquier
otro. Está llamada a dar solución a los problemas
de representación de las instituciones, desde el Estado hasta
los ayuntamientos, bancos, casas de seguros... Es una marca que
se compra para que hablen de ella.
¿Cuáles deben ser los pasos a seguir por
las distintas corporaciones municipales para establecer diálogos
entre artistas, arquitectos y urbanistas? ¿Son posibles?
Yo no creo que ese tipo de diálogos puedan, en verdad,
establecerse. ¿Qué clase de arte público podría
existir en unos tiempos como los nuestros, los de la producción
de la propaganda, en los que lo colectivo ha dejado de tener sentido?
Creer que pueda haber un arte de la ciudad, un arte necesariamente
monumental, con el que los ciudadanos puedan identificarse, es una
fantasía. De entrada, supone creer que pueda haber ciudadanos
en el sentido tradicional, cuando lo que hay para contemplar ese
arte son turistas. El arte público de nuestros días,
como cualquier otro, es un asunto cuyo origen es estrictamente privado,
como máximo, proviene de una especie de despotismo ilustrado,
y por tanto no admite identificaciones colectivas, sino que son
perversas, es decir, obtenidas por la publicidad.
Pero la historia del arte está llena de momentos
donde se trataron de establecer tales diálogos. ¿Qué
casos, positivos y negativos, nos pueden servir de ejemplo de lo
que se debe o no hacer?
Como dijo Walter Benjamin, todo documento es un documento
de barbarie. Lo mismo ocurre con el arte público. Cuando
nos emocionamos con los grandes monumentos romanos, pongamos por
caso, lo hacemos abstrayéndonos de lo que realmente significan:
una brutal expresión de poder. Quizás por eso, yo
prefiero deleitarme con las pequeñas cosas o, digámoslo
así, intentar la conquista de un espacio privado para el
disfrute de lo artístico. Un espacio que sólo podría
ser aquello que no tiene ningún fin, lo superfluo.
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