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 • ACTUALIDAD EN AL NORTE

15

Dic

2004


Al Norte

Semana Nacional de Arte Contemporáneo

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Del arte a los sentidos, sin explicaciones
Sergi Aguilar, que guía en Avilés un taller sobre
‘La escultura en los espacios públicos’, traslada a sus alumnos a Gijón
para hacer caminar entre las obras de artistas asturianos



P. Merayo

El gesto es lo único que cuenta», dice Sergi Aguilar al mirar frente al mar de Gijón y por primera vez las ‘Sombras de luz’, de Fernando Alba. El creador catalán, maestro haciendo hablar al mármol, el acero, la madera y el aluminio, profesor excepcional de AlNorte, guió a la veintena de artistas a los que imparte un taller sobre la escultura en los espacios públicos por lo que considera la esencia del arte. Y para hacerlo paseó, tocó y rodeó con sus alumnos las piezas que jalonan la senda del Cervigón y el parque de la Providencia, de Gijón. Quería Aguilar mostrar cómo una escultura honesta «no necesita argumentaciones», porque se cuenta sola. Con ese reto en la mirada trasladó el taller de Avilés a Gijón, o lo que es lo mismo, la teoría a la práctica.

El Centro Municipal de Arte y Exposiciones, sede oficial de este singular curso para artistas, albergó durante la primera jornada del lunes más de ocho horas de postulados ilustrados con opiniones y diapositivas. Ayer alumnos y guía quisieron salir a la calle para palpar las teorías y, pese a que el centro de atención del curso son las experiencias internacionales, Gijón ofrecía un buen ejemplo cercano de arte urbano.

Los criterios
Primera parada, ante las ‘chaponas’ de Alba. Primer comentario a su sombra: el singular gusto escultórico de Oviedo. Se amparaba la referencia capitalina, en principio, en la mera comparación, y en segundo término en el recuerdo de la retirada forzosa de sus calles de una pieza del mismo Alba. El profesor calló y los alumnos aprovecharon para denunciar la falta de criterio en la mayoría de las esculturas callejeras y defender del conjunto de bronces ovetenses sólo unos pocos. ‘La esperanza’ de Eugenia d’Ors, ‘El viajante’, de Eduardo Úrculo, y ‘La maternidad’, de Botero.

No conocía Aguilar el caso de la principal ciudad asturiana, pero sí el de otras muchas ciudades del mundo y, poco después, comentaba que «la triste realidad es que todos se atreven a opinar sobre el arte y, en lugar de crear comités de verdaderos expertos, para determinar algo tan importante como qué esculturas públicas deben llevarse a la urbe, éstas se eligen sin criterios artísticos».

La crítica cesó pronto para dar protagonismo al impresionante sol que gobernaba el muro de San Lorenzo. Pero era otra la materia del paseo. Hallar la médula de las obras visitadas parecía el objetivo y cómo alcanzarlo, la lección de la jornada.

Las explicaciones
Unos buscaban explicaciones en lo que «quiso contar el artista», otros en la pura impresión de la obra «sin más argumentos», lado al que inclinaba su verbo el creador catalán.
Sergi Aguilar defiende la autodeterminación de la escultura: «Hay que dejar libertad a la pieza para que funcione por ella misma», advierte a sus alumnos. Y añade: «Si no te gusta Vermeer, por más que leas sobre él, no llegará a gustarte. Puede que empieces a entenderle, pero nada más. Una obra de arte, como una partitura musical o un libro debe funcionar por transmisión de los sentidos, impactar al que lo observa, escucha o lee, sin que nadie aporte análisis».

Sobre ese punto insistió al observar que sus pupilos llevaban consigo un catálogo publicado por el Ayuntamiento de Gijón sobre las esculturas urbanas. «Algunos autores hacen narraciones, explican lo que han hecho, con la intención de justificar su obra, de darle una entidad que tiene que ganarse sola con su gesto».

Admitía el profesor de la Semana Nacional de Arte Contemporáneo de EL COMERCIO que «es difícil mantener el tipo ante una sociedad que necesita respuestas y que está en todo su derecho de hacer preguntas».

El entorno
En el impacto, que según Aguilar, «es lo único que realmente funciona en el arte», intervienen circunstancias ajenas a la obra. Su entorno es determinante. De hecho, cuando profesor y alumnos se encontraron de lejos con la escultura de Herminio en el parque de la Providencia, pudieron comprobar como todo un concierto de farolas «enmaraña la pieza. «Hay que tener en cuenta también los lugares que te acercan a la obra», advirtió el escultor regresando a la zona de las críticas y los criterios.

Otra de las miradas más relajadas fue puesta sobre la instalación de Adolfo Manzano, que corona uno de los perfiles de la ciudad, en plena senda del Cervigón. Allí se habló, como también se hiciera ante el acero cortén de las ‘Sombras de Luz’, de Alba, de la trascendencia del lugar, pero sobre todo de «la materia elegida, que ya sea hierro o piedra, puede afirmar o negar una pieza».

Contestaba así un paciente Aguilar a uno de sus alumnos más curiosos, que, segundos antes, le planteaba una cuestión sobre si el artista elegía un material u otra en función de su coste económico. «Es una cuestión de concepto», concluyó.

 
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