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P.
Merayo
El
gesto es lo único que cuenta», dice Sergi Aguilar al
mirar frente al mar de Gijón y por primera vez las Sombras
de luz, de Fernando Alba. El creador catalán, maestro
haciendo hablar al mármol, el acero, la madera y el aluminio,
profesor excepcional de AlNorte, guió a la veintena de artistas
a los que imparte un taller sobre la escultura en los espacios públicos
por lo que considera la esencia del arte. Y para hacerlo paseó,
tocó y rodeó con sus alumnos las piezas que jalonan
la senda del Cervigón y el parque de la Providencia, de Gijón.
Quería Aguilar mostrar cómo una escultura honesta
«no necesita argumentaciones», porque se cuenta sola.
Con ese reto en la mirada trasladó el taller de Avilés
a Gijón, o lo que es lo mismo, la teoría a la práctica.
El Centro Municipal de Arte y Exposiciones, sede oficial de este
singular curso para artistas, albergó durante la primera
jornada del lunes más de ocho horas de postulados ilustrados
con opiniones y diapositivas. Ayer alumnos y guía quisieron
salir a la calle para palpar las teorías y, pese a que el
centro de atención del curso son las experiencias internacionales,
Gijón ofrecía un buen ejemplo cercano de arte urbano.
Los criterios
Primera parada, ante las chaponas de Alba. Primer comentario
a su sombra: el singular gusto escultórico de Oviedo. Se
amparaba la referencia capitalina, en principio, en la mera comparación,
y en segundo término en el recuerdo de la retirada forzosa
de sus calles de una pieza del mismo Alba. El profesor calló
y los alumnos aprovecharon para denunciar la falta de criterio en
la mayoría de las esculturas callejeras y defender del conjunto
de bronces ovetenses sólo unos pocos. La esperanza
de Eugenia dOrs, El viajante, de Eduardo Úrculo,
y La maternidad, de Botero.
No conocía Aguilar el caso de la principal ciudad asturiana,
pero sí el de otras muchas ciudades del mundo y, poco después,
comentaba que «la triste realidad es que todos se atreven
a opinar sobre el arte y, en lugar de crear comités de verdaderos
expertos, para determinar algo tan importante como qué esculturas
públicas deben llevarse a la urbe, éstas se eligen
sin criterios artísticos».
La crítica cesó pronto para dar protagonismo al impresionante
sol que gobernaba el muro de San Lorenzo. Pero era otra la materia
del paseo. Hallar la médula de las obras visitadas parecía
el objetivo y cómo alcanzarlo, la lección de la jornada.
Las explicaciones
Unos buscaban explicaciones en lo que «quiso contar el artista»,
otros en la pura impresión de la obra «sin más
argumentos», lado al que inclinaba su verbo el creador catalán.
Sergi Aguilar defiende la autodeterminación de la escultura:
«Hay que dejar libertad a la pieza para que funcione por ella
misma», advierte a sus alumnos. Y añade: «Si
no te gusta Vermeer, por más que leas sobre él, no
llegará a gustarte. Puede que empieces a entenderle, pero
nada más. Una obra de arte, como una partitura musical o
un libro debe funcionar por transmisión de los sentidos,
impactar al que lo observa, escucha o lee, sin que nadie aporte
análisis».
Sobre ese punto insistió al observar que sus pupilos llevaban
consigo un catálogo publicado por el Ayuntamiento de Gijón
sobre las esculturas urbanas. «Algunos autores hacen narraciones,
explican lo que han hecho, con la intención de justificar
su obra, de darle una entidad que tiene que ganarse sola con su
gesto».
Admitía el profesor de la Semana Nacional de Arte Contemporáneo
de EL COMERCIO que «es difícil mantener el tipo ante
una sociedad que necesita respuestas y que está en todo su
derecho de hacer preguntas».
El entorno
En el impacto, que según Aguilar, «es lo único
que realmente funciona en el arte», intervienen circunstancias
ajenas a la obra. Su entorno es determinante. De hecho, cuando profesor
y alumnos se encontraron de lejos con la escultura de Herminio en
el parque de la Providencia, pudieron comprobar como todo un concierto
de farolas «enmaraña la pieza. «Hay que tener
en cuenta también los lugares que te acercan a la obra»,
advirtió el escultor regresando a la zona de las críticas
y los criterios.
Otra de las miradas más relajadas fue puesta sobre la instalación
de Adolfo Manzano, que corona uno de los perfiles de la ciudad,
en plena senda del Cervigón. Allí se habló,
como también se hiciera ante el acero cortén de las
Sombras de Luz, de Alba, de la trascendencia del lugar,
pero sobre todo de «la materia elegida, que ya sea hierro
o piedra, puede afirmar o negar una pieza».
Contestaba así un paciente Aguilar a uno de sus alumnos más
curiosos, que, segundos antes, le planteaba una cuestión
sobre si el artista elegía un material u otra en función
de su coste económico. «Es una cuestión de concepto»,
concluyó.
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