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P. Merayo Gijón
«En un cuadro
yo puedo matar. En la vida no lo haría nunca». Con
esta elocuente sentencia despistaba Carlos Franco la línea
entre el arte y la existencia del artista. Quería dejar claro
que el plano en el que un creador interpreta su «percepción
del entorno» y sus «pasiones más íntimas»
es «un campo de estrategia, un campo de batalla en el que
uno puede ir más allá que su propia mano».
Sus explicaciones sonaban claras y diáfanas en una sala repleta
de intereses comunes por el arte. Alumnos y alumnas, todos creadores
de vocación, le escuchaban, preguntaban y contaban vivencias
creando continente y contenido a la primera jornada de las tres
que compartirán en el Centro de Cultura Antiguo Instituto,
dentro de uno de los talleres de artista de AlNorte, la Semana Nacional
de Arte Contemporáneo de EL COMERCIO.
Franco, considerado uno de los miembros más destacados de
lo que se dio en llamar, tras la decadencia del grupo El Paso, la
nueva figuración madrileña, empezó hablando
de su «necesidad» de pintar. De cómo el pincel
en la mano y las ideas en el lienzo le permiten «encauzar
cierta locura» y mantenerle vivo: «Pintar es una cosa
vital, probablemente, si no lo hiciera me suicidaría»,
dijo. Y a esa rotunda afirmación fue añadiendo pequeñas
pinceladas de experiencia.
La percepción
Por ejemplo, para explicar que las cosas que a uno le llaman la
atención y acaban, por ello, en el plano (así se refiere
al cuadro) no son las mejores ni las más atractivas. «Son
aquellas que se relacionan conmigo, por algo que no sabría
explicar, que llegan por un determinado camino de la percepción,
que ni es mejor ni peor que el de otros es, sencillamente, el mío».
Y asomado el ‘yo’, advirtió el director del taller,
el primero que pone en marcha este IV AlNorte, que «no todo
eres tú frente a una obra». Y explicó: «Una
tijera en el suelo que perturba el escenario de una manera inconsciente,
puede acabar en la pintura. El ángulo que formaban sus partes
puede acabar pintado en la tela».
Pero no es sólo por esa inercia de los objetos a instalarse
en la mente casi sin preguntar por lo que Carlos Franco se adentró
en el territorio del ‘yo más todas las circunstancias’.
También lo hizo para advertir que el «maridaje de elementos,
ideas y sensaciones» es necesario y excede, lógicamente,
de la capacidad de dominio del artista.
Asimismo, le sirvió para contestar la primera pregunta de
la platea: ¿Por qué cambia un cuadro que daba por
terminado? ¿No es una traición consigo mismo, una
destrucción de la obra? Tras un «no» reiterado
(para no dejar duda), Franco explicó que «es importante
machacar el yo, porque, insisto, el yo no es tan importante».
«Trabajar sobre una obra que ya creías acabada no es
un problema de destrucción, sino de juicios. Yo no me fío
demasiado de mí, no tengo tan claro el mundo para juzgar
y no lo hago».
El espectador
Abierto el diálogo, los alumnos (las alumnas, en honor a
la verdad) no perdieron un minuto y preguntaron y preguntaron. La
siguiente duda, sobre la capacidad de mirar del espectador. ¿Cómo
enfoca la relación entre su obra y el que va a contemplarla?
«Creo que cuanto más íntimo es lo que cuento
más fácil es que alguien lo entienda», dijo
Carlos Franco en primera instancia. Luego añadió una
segunda reflexión. «Lo cierto es que hay mucha circunstancia
en torno al espectador».
Se refería el creador al hecho de que un observador casi
nunca se enfrenta a una obra de arte con la imparcialidad de la
ignorancia. «Conoce el nombre, sabe lo que dicen los críticos
y suele reaccionar cómo se espera que reaccione. Estando
de acuerdo con lo que ya almacena su cabeza», dijo. Y sus
palabras tuvieron eco en otra de las alumnas: «Es como el
mundo de las marcas. Llevas una cosa con cierta etiqueta porque
te da seguridad sobre su calidad. Lo mismo acudes a una exposición
de un artista de renombre con más predisposición a
que te guste que si no conocieras nada de él».
Mientras el profesor contaba sus experiencias desde una humildad
que ya empieza a ser habitual entre los grandes creadores que prestan
sus conocimientos en AlNorte, la clase seguía su voz con
interés, pero no todos su mirada. Una serie de interesantes
catálogos con su obra más importante recorría
el aula, de unas sillas a otras, de unas manos a otras.
Los participantes en el taller observaban la obra de quien les hablaba,
intentando entender en ella aquello que decían sus palabras.
Y en medio del ir y venir de verbos y pintura fotografiada, una
pregunta más: ¿Sufres?. Y una generosa respuesta,
de nuevo: «Yo paso por todo, incluso por la sensación
de la muerte», dijo Carlos Franco.
Y añadió: «Cuando estoy más concentrado
pasan por mi cabeza todo lo que no tengo resuelto y ese es el enemigo
de la satisfacción y de la concentración. Acabas queriendo
dejar lo que estás haciendo para salir corriendo a resolver
la vida». Pero, pese a esa contestación un tanto tremendista,
el pintor que estampó su firma en el gran mural de la plaza
Mayor de Madrid, del que también se habló ayer («al
final, te das cuenta de que utilizas las mismas técnicas
que usaron en la prehistoria. Lo mismo que hizo Giotto») asegura
que la pintura le da la vida.
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