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Leticia Álvarez
gijón
Columpios,
toboganes, árboles, porterías de fútbol y así
decenas de elementos imprescindibles en todo parque que se precie.
Pero también dragones con lenguas de fuego, castillos a los
que se entra previo pago, lagos llenos de pirañas y hasta
planetas descolgados del universo. Porque los niños superan
cualquiera de los catálogos de mobiliario urbano. Y ayer
lo demostraron. Son los parques imaginados los que cobraron forma
y adoptaron colores en el segundo de los talleres infantiles de
AlNorte, la Semana de Arte que organiza EL COMERCIO. Le tocaba el
turno de ‘profe’ a Edgar Plans y se encontró,
en su primera experiencia puericultora, con dos docenas de chavales
de edades comprendidas entre los tres y los doce años «con
muchas más ganas de pintar de lo que creía».
También con muchas ideas.
Plans, autor del cartel de esta edición de la semana de arte,
propuso a los niños dibujar un parque, una de las escenas
que forman parte de su universo pictórico. «Me gustan
mucho... Es donde yo vivía cuando era pequeño»,
cuenta. Y lo hace en pasado porque este artista en cuyos lienzos
no son extraños los columpios de trazo sencillo y casi infantil,
confiesa que hace tiempo que no disfruta en uno como lo hacía
entonces. Por eso ayer, en una de las salas del Museo Nicanor Piñole,
rodeado de pequeños artistas, Plans aseguró sentirse
muy bien. «Es un poco lío, pero la idea era pintar
un parque entre todos y en eso estamos».
Al reparto de pinceles, botes de colores y ceras, Plans añadía
propuestas y también preguntas. «Vamos a empezar por
el cielo, luego haremos la hierba y más adelante los árboles
y los personajes...», anunció.
Poco a poco sobre una tabla blanca dispuesta en posición
perpendicular al suelo comenzaron a desperezarse pinceladas en todas
las direcciones. A Alberto Rey, de 4 años, no le preocupó
en absoluto que la témpera de color azul, demasiado líquida,
arrollara sin control por el panel. «No importa, así
parece lluvia», resolvió. Su hermana Alejandra, de
tan solo tres años, se conformaba con una lámina garabateada
en la que había, según dijo, «un planeta».
Al otro lado de la cancha se las arreglaba David Castaño
con un sol de color amarillo. David, de 5 años, dibujó
el gran astro con sus rayos y todo y en cuanto Edgar Plans le dio
el visto bueno cambió de color y de pincel para meterse de
lleno en una nueva tarea, la de pintar la hierba.
«Si no la hacemos pronto será imposible que crezcan
las flores», animó Edgar Plans al resto del grupo.
Así que en pocos minutos tuvo repartidos todos los pinceles
y prácticamente agotada la sustancia de color verde. Mientras
el césped se transformaba poco a poco en un mullido tapiz,
el artista propuso pasar a los árboles: «¿Quién
quiere hacer un tronco con color marrón?». De nuevo
los voluntarios agotaron el material. Después les tocó
el turno a sus copas y en pocos segundos a su alrededor ya revoloteaban
algunos pájaros.
Se quita con agua
Los hermanos Adrián y Paula Vallina, de 3 y 6 años,
dejaron su huella en ese prado y de éste algo se quedó
también en los pantalones. «No importa, se quita con
facilidad con un poco de agua», tranquilizó el profesor.
A su lado, un remolino de niños seguía tirándole
de los pantalones para captar su atención: «Profe,
¿qué hago?; profe, ¿qué pinto...?».
Mientras él, con destreza remataba algunos dibujos con la
mano izquierda y en la otra sostenía varios pinceles y frascos
rebosantes de líquido. «Pinto con las dos manos, pero
la verdad es que soy zurdo», confesó.
A Nacho Fernández Gago, de 8 años, le pidió
el artista que concluyera el cielo y así lo hizo con trazo
suelto y contundente. A Óscar Fernández, de 7, le
sugirió que siguiera con los blancos que habían quedado
en el césped, y a Raquel Carvajal, también de 7 años,
le preguntó si notaba que faltaba algún elemento en
ese parque que comenzaba a intuirse entre las decenas de pinceladas.
Nadie acertó, pero Plans quería conducir a los niños
del taller hasta otra de sus escenas de infancia: el lago del parque
de Isabel la Católica. «¿No lo conocéis?
Está lleno de patos y cisnes. Todos los parques tiene que
tener animales», apuntó.
Ana Cuervo comparte esa idea, así que en su lámina,
otra de las labores realizadas en este encuentro, dibujó
un perro al que espontáneamente llamó ‘Leche’.
«Va al parque porque en algunos sitios dejan llevar perro»,
espetó. Junto a ella dibujaba Héctor Vázquez,
de 4 años. Su parque tiene un dragón gigante y un
castillo, pero eso, según explicó, no es inconveniente
para que lo visiten los niños: «No me da susto ver
un dragón».
Imaginación desbordante en un taller sin más pretensiones
que las de acercarse al color y al dibujo, pero del que Plans asegura
que extrae muchas ideas: «A eso he venido».
Las
músicas de Ramón Isidoro
El
artista y escenógrafo Ramón Isidoro tomó
ayer el testigo del seminario ‘Hibridaciones’
y, con él, el afán por fomentar el debate
en torno a las relaciones entre las artes visuales tradicionales
y otras disciplinas creativas. Y, él, claro, se centró
sobre todo en la música, no en vano, el pintor y
creador es, además, director de arte de Manta Ray
y el autor de la última portada del grupo.
Y la tarde siguió con música, porque la conferencia
posterior corrió a cargo de Marta Cureses, del departamento
de Historia del Arte y Musicología de la Universidad
de Oviedo.
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