|
Leticia Álvarez
gijón
Dieciocho horas juntos,
kilos de pinturas acrílicas y doce metros de papel. Un estudio
con mucha luz y un maestro de altura Carlos Franco. Son los ingredientes
del primero de los talleres de AlNorte en clausurar sus puertas
y culminar una obra, dentro de esta edición de la semana
artística organizada por EL COMERCIO. El resultado, según
el propio Franco, «una alucinación».
Sus doce alumnos plasmaron en el largo lienzo ideas, ensoñaciones,
figuras humanas, dibujos de alimentos y también otros geométricos.
Cada uno a su manera, cada uno con su estilo porque en el fondo
esta experiencia a doce manos consistía en «poner en
común» más que en crear.
«Los artistas plásticos, muchas veces también
los músicos, trabajan muy solos, aislados y para mí
es interesante compartir, crear una especie de foro de discusión
y comprobar que tu locura no es tan única», explicó
Carlos Franco. Para aquellos que sintieron cierto pudor al emplear
los pinceles ante otros, él mismo comentó otra virtud
extraída de este trabajo colectivo: «También
es una oportunidad para comprobar que no hay lenguajes mejores ni
peores. Cada uno habla a su manera aunque sea de las mismas cosas».
El taller arrancó con esa idea y así culminó
ayer con el mural ya concluido y en el que se intuyen distintos
trazos, variadas apuestas de color, grosor y humedad y, en definitiva,
las firmas que están detrás de la experiencia.
Entre ellas la de Martina Santamarta, una gijonesa que pinta y además
imparte clases, para quien participar en una actividad junto a Franco
suponía «una verdadera satisfacción».
Beber de la fuente de un creador ya reconocido por la crítica
y el público aporta nuevos datos y claves para descodificar
manifestaciones artísticas e ideas, pero también a
Franco le han reportado beneficios. «Me da una visión
social y además me obliga a tomar decisiones dentro de las
limitaciones. Yo necesito silencio absoluto porque me desconcentro
y, a pesar de ser tantos, logré momentos de concentración
muy fuerte. Y esa parte de salir de Madrid y encontrarte con la
variedad que hay me demuestra que en el fondo somos muy parecidos».
Teresa Monforte ha sido durante esas 18 horas de intenso trabajo
una de sus alumnas. Monforte, que precisamente inaugura hoy en el
centro La Muralla, junto al Palacio de Revillagigedo, su ultima
exposición, explica que «para mí ha sido interesante
expresarnos cada uno y demostrar nuestra personalidad ante gente
que no conoces de nada. Es muy enriquecedor».
«Mundo interior»
La ovetense María de los Ángeles Palomeque se sintió
conmovida por el intenso «mundo interior» de Franco.
«Me llamó la atención su forma de trabajar,
su necesidad de aislarse y de entrar en algo así como un
trance». Una forma de trabajo que, sin embargo, desorientó
a otros participantes como Raquel Miranda, quien comentó
que «en algunos momentos te despista y no sabes muy bien qué
hacer». Pero en realidad eso sólo sucedió al
principio del proceso. En un primer momento, entre todos discutieron
la idea e hicieron diferentes propuestas. El segundo paso consistió
en dividir el papel en doce parcelas, convertidas en improvisados
lienzos, y, a partir de ese momento, los pinceles se pusieron a
funcionar.
«Nos preocupó mucho la humedad que hay en Gijón.
Pensábamos sinceramente que no iba a secar a tiempo para
seguir resolviendo nuestra idea», comentó Santiago
Lara, otro de los artistas que participaron en el taller.
Poco a poco, el mural cobró forma y vida. La comida campestre
imaginada al inicio se transformó en un extenso mantel de
sugerente menú y tan amplias interpretaciones como de gustos
hay cuestiones. «No conviene interpretar el arte. La persona
tiene que hacer un esfuerzo por acercarse a él aunque una
primera lectura pueda resultar muy extraña.
Ayer a las dos de la tarde dieron por terminado el mural colectivo
aunque la tormenta de sugerencias hubiera dado para mucho más.
«Ha dado para lo que ha dado. Creo que ha sido bueno para
todos», comentó Franco. Ya por la tarde, lejos del
olor a pinturas acrílicas, los integrantes del taller y su
tutor por unas horas se citaron para hablar de la experiencia. De
esa fructífera hubieran surgido ideas para nuevos murales.
La creatividad estaba a flor de piel.
Tijeras
y pinturas a la sombra de un árbol de papel
Niños de diversas edades se afanaban ayer por pegar
hojas a un árbol. Mejor dicho, a la sombra de un
árbol en el museo Barjola. ¿Pero cómo
puede arrojar sombra un árbol al que no ilumina ni
un sol ni un foco? Muy sencillo, Francisco Fresno pegó
al suelo del museo unas cartulinas negras siguiendo a imagen
y semejanza del árbol, de ahí el nombre del
taller infantil: ‘Haciéndole sombra al árbol’.
Hugo Pérez García, de 6 años, y su
hermano Sergio, dibujaban la silueta de las hojas en una
lamina adhesiva que podía ser de varios colores.
Las había fieles a la idea de hoja, otras eran más
surrealistas, como corazones.
Después llegaba el proceso más divertido,
al menos para Ainhoa Díez García, de 4 años,
que era recortar las laminas siguiendo el dibujo que había
hecho previamente. Para, finalmente, pegar las hojas sobre
la ‘falsa’ sombra en el suelo.
«A esta edad los niños vienen muy motivados
y se toman estas cosas como un juego lúdico»,
decía Francisco Fresno. En su opinión, el
mayor problema es que «es difícil que se mantengan
durante mucho tiempo haciendo una sola cosa». Por
eso el proyecto de ayer era «perfecto para los niños»,
ya que es un «trabajo colectivo, en el que cada uno
hace tres cosas distintas» y además entienden
que su pequeña aportación, sirve para hacer
algo mucho más grande.
|
|