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El Comercio
 
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 • ACTUALIDAD EN AL NORTE

12

Nov.

2006


Al Norte

Semana Nacional de Arte Contemporáneo

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MARTÍN CHIRINO. ESCULTOR
«Crear esculturas es vivir siempre
con un extraño y maravilloso temblor»

 

BIOGRAFÍA
La trayectoria de Martín Chirino se inició en 1948, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. A partir de 1952 viajó a París, Italia y Londres, realizando su primera exposición individual en 1958 e integrándose en ‘El Paso’, colectivo que revolucionó el arte español.
Durante varios años alternó su residencia entre EEUU y España. Desde 1983 a 1990 fue presidente del Círculo de Bellas Artes de Madrid y de 1989 a 2002 director del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), en Las Palmas de Gran Canaria. Ha sido galardonado, entre otros muchos, con el Premio Nacional de Artes Plásticas, la Medalla de Oro a las Bellas Artes y el Premio Nacional de Escultura de la CEOE. Su trabajo está presente en colecciones de todo el mundo. Hace un mes, el Museo-Nacional Centro de Arte Reina Sofía y la Fundación Azcona presentaron la primera parte del catálogo razonado de su obra.

Queda menos de un mes para que arranque AlNorte’06, la Semana Nacional de Arte Contemporáneo de EL COMERCIO, que se desarrollará entre el 7 y el 16 de diciembre. La estrella de esta quinta edición es Martín Chirino (Las Palmas de Gran Canaria, 1925), leyenda en activo del arte en nuestro país, que impartirá un taller de escultura para quince alumnos en las instalaciones de Arcelor. A pocos días para el inicio del mismo, el artista abrió las puertas de su taller en Morata de Tajuña, Madrid, a EL COMERCIO.

–Una vida dedicada al arte. ¿Cuál es la clave para seguir trabajando aún con tanta intensidad?
–Todo se puede resumir en tristezas y alegrías. La verdad es que hoy, después de tantos años y tantas vivencias, sigo trabajando e ‘incordiando’ por pura necesidad. Es como una incógnita, un misterio que me mantiene vivo y ha hecho que me sienta un hombre muy feliz, con hijas, nietos y amigos estupendos.

–Y en ese largo camino, la tierra, la naturaleza y los orígenes han sido fundamentales...
–Uno nunca olvida sus orígenes. Mi modo de interpretar y ver el mundo está mediatizado por mis ancestros, por mi tierra. Aunque, como casi todos los canarios, pronto me convertí en nómada, mi vida y mi obra están muy marcadas por esa región maravillosa, donde la naturaleza se siente con una fuerza impresionante.

–Se define, a menudo, como un ‘lobo estepario’, pero los movimientos colectivos han ocupado parte importante de su carrera.
–Sin duda. La experiencia, por ejemplo, del grupo El Paso es un incidente importante en mi vida, porque en la España de entonces era necesario ese revulsivo que protagonizamos. Años después, a la muerte del dictador, los artistas del grupo madrileño que impulsaban el Círculo de Bellas Artes me llamaron para que presidiese el centro, estando yo aún en Estados Unidos. Lo acepté y la experiencia, entre viaje y viaje, resultó positiva. Y los años de dirección del CAAM fueron fruto de otra experiencia intensa, con momentos dulces y amargos. Pero mi verdadero trabajo, mi ‘psicodrama’, se ha gestado siempre de manera personal.

–Eso implica ‘ser escultor’ con todos los sentidos, tal como escribió Ángel Ferrant en 1958, en el catálogo de su primera exposición madrileña.
–‘Ser escultor’...sí...un texto muy importante aquel de Ferrant, que era mi maestro y mi amigo. En aquella España de la represión, donde el arte contemporáneo se asentaba en un núcleo muy reducido de personas, reivindicar lo que yo estaba haciendo era difícil, arriesgado, porque la crítica al uso no podía ni quería catalogarlo.

–Con un pie en tradición y otro en la modernidad, que aún no había llegado a España.
–Yo defendía una abstracción compleja por aquel entonces. Nuestra formación académica, en la Escuela de San Fernando, era sólida hasta el siglo XVIII, pero a partir de ahí es bastante escasa. Por eso busqué otros planteamientos. No soy nada tautológico y rechazo con fuerza el mimetismo. Vivo ante ese borde que limita con el misterio y el peligro, esa encrucijada, esa osadía que me hace rebelarme constantemente. Es a través de los hechos como uno se tiene que definir. Crear esculturas es vivir siempre con un extraño y maravilloso temblor.

–¿Late ahí cierta espiritualidad, quizás, una fe?
–Es posible que tenga esa misma pasión de quienes tienen fe y creen. La fe mata y te hace posicionarte radicalmente. Yo soy un radical.

–La simbología es clave en su trabajo, con algunos iconos esenciales. Decía Serge Fouchereau que antes de Chirino, a nadie se le había ocurrido esculpir el viento.
–En el año 59 hice la primera espiral herguida, después de convivir con las formas espirales durante toda mi infancia, descubriendo el viento en los rincones de mi tierra y en las culturas milenarias, como una concepción mítica, principio y fin de la vida. Eso se proyectó hacia otras series, como los ‘Aeróvoros’, donde la escultura también levita como forma alada y ligera que devora el espacio.

–Siempre trabajó con series (‘Reinas negras’, ‘Ladies’, ‘Mediterráneas’, ‘Sabinas’, ‘Afrocanes’, ‘Raíces’, ‘Paisajes’...) basándose en el dibujo como génesis y en la forja del hierro como ‘herramienta poética’ para comunicar.
–Hace muchos años que usé el término, ‘herramientas poéticas’, para definir mis útiles de trabajo. Es una bonita metáfora que define el significado íntimo del taller. En la época del informalismo teníamos mucha información y vivíamos la iconoclasia del siglo XX, había que renovarlo todo y la escultura comenzó a ser ‘otra cosa’. Tras mi formación académica inicial, aprendí la forja en Valladolid y desde entonces siempre ha estado conmigo. El hierro caliente vibra, fluye, brota y vive en nuestras manos. Es una sensación difícil de explicar.

 
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