Paché Merayo
«Hay que aprender a mirar desde varios ángulos», dice el maestro Albacete a sus alumnos aventajados. «Pensar, darle vueltas a los conceptos, situarlos y organizarlos», añade en una pequeña aula del Centro de Cultura Antiguo Instituto, de Gijón, donde al cabo del día quedó claro «que no hay arte si no hay idea». Con esta consigna pisaba ayer Alfonso Albacete el ecuador del primer taller de artistas del nuevo calendario de AlNorte. Sobre ella planteó el creador malagueño (Antequera, 1950) un juego de significados, marcando la importancia de hallar al otro lado de los obvios, los que están al margen de primera apariencia. Y para animar su exposición, el que está considerado uno de los máximos ejemplos de la pintura-pintura, abanderado del arte crítico, del ‘arte-idea’, pidió a los artistas que ganaron plaza para escucharle atentamente en la Semana Nacional de Arte Contemporáneo de El COMERCIO, que acudieran al encuentro con imágenes que contaran más de una historia.
La respuesta ocupó como puzzle un gran corcho lleno de mensajes visuales al que todos miraban, buscando significados dispares, diferentes elementos que construyeran las imágenes como parte del escenario casual y que lograban evocar un relato diferente al del primer plano. Un significado más allá del escenario superficial del fotógrafo o del pintor, pues a la cita acudieron no sólo recortes de periódico, que era la primera propuesta, sino también retratos, paisajes, figuras y hasta una playa que está ya sólo en la memoria (la de Aboño). «Lo que queremos hacer es lograr descubrir dobles significados descontextualizando los elementos, pues al cambiar los elementos, cambian los significados», explicaba Alfonso Albacete para iniciar el ejercicio.
Reciclaje de imágenes
Antes de llegar a este punto, antes de dialogar sobre lo que unos veían y otros entendían, el maestro malagueño había hablado de su propia obra. A ella dedicó las horas de la mañana, como prólogo del juego propuesto para la tarde. Explicó Albacete su interés por el reciclaje de imágenes, habló de cómo no se le debe quitar al arte su capacidad de representación, («una ausencia que nos vendió el siglo XX, a partir de un falso surrealismo»), de la generación de los sesenta en la que se le inscribe, de la renovación del panorama pictórico español del que se le hace en parte responsable. Habló también de sus pasiones de pintor, que en los últimos años también se ha dejado seducir por la escultura, contó anécdotas y marcó la pauta conceptual que, en las horas finales del día, llevaría la atención a las imágenes elegidas por los participantes del taller.
Ante algunas hubo consenso. Un jugador de fútbol fotografiado tras una valla, es un jugador de fútbol fotografiado ante una valla, pero también es un ser encarcelado. Ante otras, debate. Un grupo de manos entrecruzadas, elegidas por su portador «porque pueden ser observadas desde cualquier perspectiva», lograron diferentes respuestas. «Parecen neuronas y como tales hablan de comunicación», advertía Juan Salinas, uno de los alumnos del taller. «Yo veo materia vegetal», decía el maestro, para el que no quedaba demasiado clara una múltiple secuencia de significados.
Poco a poco el corcho sostenedor de mensajes fue cambiando su cara. Caían las imágenes comentadas y se pegaban otras nuevas, que ya no seguían la máxima original, sino la pura construcción de universos personales. Ángeles Vega, otra de las participantes, llevó al panel varias acuarelas de lugares reales, pero casi ensoñados. «Tienen un claro reflejo de los cuentos de la infancia», comenzó Albacete al observarlas. Luego, donde estaban la casa misteriosa, el árbol onírico, ocuparon posición dos retratos, un agresor desdibujado, «desposeído de los tics anecdóticos, con capacidad para hablar de una cuestión general», y una víctima, «más individualizada, casi con nombres y apellidos».
No todos los alumnos presentaron ayer su obra. Hoy continuarán revolviendo en sus entrañas y en las de sus trabajos, descubriendo si en el arte vale más la voz de lo vivido que el proyecto científico desligado de la mirada subjetiva. Si la esencia de cada persona es, como decían Baudelaire y Rimbaud, lo que hace único el arte de uno.