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Javier
Ávila, licenciado en Bellas Artes y comisario de exposiciones
era el encargado de abrir el fuego en la actividad Arte y Sociedad.
En el Centro Cultural Antiguo Instituto (CAI) ofrecía su
particular visión para acercase a las ciudades, alejados
de las postales y de lo que los lugareños muestran a los
visitantes como la mejor cara de la «polis». «En
todas las ciudades se encuentran pequeños detalles que tienen
su encanto y su dignidad estética», afirmaba ante una
quincena de personas que le escuchaban con atención.
El
carácter y la amabilidad, cómo ven las cosas quienes
habitan las urbes, e incluso la capacidad de movimientos son los
ingredientes que conforman la percepción que cada uno tiene
de su ciudad y a la vez la diferencian de otras. Para este jienense
de nacimiento, no hay una ciudad «igual a otra», y cada
una es el resultado de un cúmulo de «aciertos y errores
urbanísticos» que la historia «se encargará
de poner en su sitio». Ávila, al tiempo que subrayaba
la paradoja entre la imagen que el habitante tiene de su ciudad,
y la que «se empeña en vender al exterior» subrayaba,
en el caso de Gijón la importancia de su arquitectura racionalista.
Ávila proponía, para incitar a su audiencia al debate,
la declaración de las 1.500 viviendas del barrio de Pumarín
como Patrimonio Artístico, «más un ejemplo de
urbanismo, que de arquitectura».
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