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Ángel
Antonio Rodríguez
La I Semana Nacional de Arte Contemporáneo de Gijón,
Al Norte, que se desarrolló durante esta semana, cumplió
todos sus objetivos cualitativos y cuantitativos. Impulsada desde
EL COMERCIO, con la colaboración de varias instituciones
públicas y privadas que han demostrado un férreo compromiso
con la actualidad, el evento reunió en torno a la creación
contemporánea a ochocientas cincuenta personas de todas las
edades, en un encuentro generacional sin precedentes en nuestro
país. Estas cifras incluyen a los que participaron de manera
activa -artistas, especialistas, niños y adultos- junto a
un amplio sector del público asturiano que visitó
las exposiciones de artistas noveles y compartió cada jornada,
viviendo de cerca algo tan poco habitual como la comunicación
de una experiencia artística.
Pensando
en la próxima edición, donde incorporaremos nuevas
actividades tratando de mantener la misma ética, se abre
aquí un periodo de reflexión para analizar el porqué
de tantas emociones. No es fácil, pocas horas después
de una vibrante mesa redonda donde personalidades como la directora
de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (Arco), Rosina
Gómez-Baeza, confesaron detectar una ilusión socio-cultural
tan potente como poco habitual. No es fácil, además,
porque un proyecto de ayer es ya una realidad colectiva, que provoca
nostalgias en quienes lo concebimos solitariamente, como un acto
de fe, durante muchos meses.
Pero
las nostalgias se curan con satisfacciones. Al Norte ha logrado
configurarse como encuentro generacional, lejos del habitual elitismo
en que nos movemos los amantes del arte contemporáneo, relacionando
calidades y rompiendo cualquier barrera. Así, los participantes
en los talleres dirigidos por Daniel Quintero, Pello Irazu y Jacobo
de la Peña aprendieron a conocerse a sí mismos más
y mejor, apostando por el esfuerzo personal frente al llanto institucional.
El agotamiento físico que mostraban ayer los alumnos es una
clave válida para medir la altura moral de estos grandes
profesionales, que no han venido a Gijón a pasearse. Al Norte
no es, en este sentido, una semana lúdica, una romería
ni un encuentro de amigos, aunque el juego y el intimismo hayan
sido las claves con la que artistas como Camín, Paco Fresno
o Maite Centol explicaron sus principios estéticos a los
niños. Muchos padres conocerán ahora, a través
de sus hijos, la magia de la estampación, el grafismo, la
geometría, el volumen, la naturaleza o la abstracción.
Igualmente, varios colectivos de adultos han descubierto la esencia
de la luz norteña desde nuestros museos, escudriñando
la ciudad con otros ojos y apreciando, con conocimiento de causas,
algunas obras públicas que antaño repudiaban.
En
los seminarios, el debate y la argumentación teórica
han constatado la vigencia de las artes plásticas y la fuerza
incomparable que continúa moviendo la pintura, eternamente
compatible con las nuevas tecnologías finiseculares, que
es preciso apreciar sin esnobismos. Frente a los conferenciantes
mercenarios, capaces de alabar o defenestrar un mismo concepto en
función de los honorarios, aquí hemos contado con
los conferenciantes heroicos, que defienden sin miramientos aquello
en lo que creen, contra viento y marea. Quizás por eso, en
la última jornada de ponencias quedó muy claro que
Asturias necesita un espacio para el arte contemporáneo del
siglo XXI y una colección de referencia para entender el
arte asturiano del siglo XX, sin ilógicos saltos en el tiempo.
El futuro, pues, pasa por estas aventuras. Es preciso plantear proyectos
ideados y coordinados por profesionales que no aspiren a llenar
sus bolsillos, sino a rebosar la ilusión de sus conciudadanos,
luchando con fuerza contra los personajes oscurantistas, los fantasmas
culturales o los políticos que no ponen las cartas sobre
la mesa. Creo, sinceramente, que Al Norte ha servido para demostrar
con hechos, acciones y diálogos que el arte contemporáneo
merece la atención de todos, siempre y cuando sepamos transmitirlo
coherentemente.
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