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Jueves, 6 de noviembre de 2003

Una princesa entre bambalinas
Marisa Fanjul, la profesora de ballet de Letizia Ortiz durante 12 años, la recuerda como una niña perfeccionista que aprovechaba sus tardes en la academia para hacer los deberes

DANIEL FERNÁNDEZ/OVIEDO


A CÁMARA. Ya de niña, Letizia sabía posar para el fotógrafo en su academia de ballet. / E. C.
Letizia Ortiz parece tenerlo todo para ser Reina de España. Ya se han destacado su amplia formación cultural, su imagen y su personalidad. Ahora, la futura esposa del Príncipe Felipe incluye un nuevo aspecto que le avala, aún más, como futura consorte del Monarca. Y esta nueva faceta está íntimamente ligada con la realeza: el baile. La futura Princesa es una gran enamorada del ballet clásico, una afición que comenzó cuando vivía en Oviedo y que le llevó a ser una de las alumnas más aventajadas de la profesora Marisa Fanjul, directora del Joven Ballet de Asturias, del que formó parte la propia Letizia, aunque cuando todavía se llamaba Petit Ballet.

La bailarina ovetense mantiene una estrecha relación de amistad con la familia de la prometida de Don Felipe. Ayer, sin ir más lejos, habló con su madre, Paloma Rocasolano, quien le autorizó, a petición de este periódico, a que comentase cómo fueron aquellos años en la vida de la joven asturiana. «Era, y sigue siendo, una niña encantadora. Además, tenía muchas condiciones para el baile y, sobre todo, tenía unas ansias de saber enormes», explica ahora Marisa Fanjul.

La bailarina recuerda que Letizia empezó sus clases desde muy niña. «Tenía seis años, más o menos. Yo fui su profesora durante muchos años, 12 creo, hasta que su familia se trasladó a vivir a Madrid», comenta. Y Marisa no sólo le dio clase a la futura Reina, sino, también, a su madre Paloma Rocasolano y a sus dos hermanas, Erika y Telma.

Fue precisamente la madre de las tres jóvenes quien despertó en ellas su afición. «Era una asignatura pendiente de Paloma, que hasta que no fue ya adulta no pudo cumplir. Así que entonces, junto a ella, venían las tres niñas», añade.

Merienda en la academia

La joven periodista recibía las clases de ballet en el estudio que Marisa Fanjul poseía en el número 17 de la calle Melquiades Álvarez de Oviedo. Hoy en día, este edificio ya ha desaparecido. «Letizia acudía a la academia tres días a la semana, pero cuando venía se pasaba todas las tardes aquí porque esperaba a que finalizasen las lecciones que también les daba a su madre y a sus dos hermanas. Ella aprovechaba esa espera para merendar y hacer los deberes», comenta su profesora.

«Lo recuerdo como si fuera ahora mismo. Se iba a la biblioteca o al vestuario que teníamos y sacaba los libros y el bocadillo, que, por cierto, muchas veces era de Nocilla, como el de tantos niños de la época», rememora.

Sus recuerdos se paran ahora en la faceta de bailarina de la futura esposa del Príncipe. «Era una niña con muchas condiciones para la danza. Tenía una gran elegancia natural». Por eso, no se lo piensa a la hora de afirmar que «si no hubiese elegido con tanta convicción la profesión de periodista estoy segura de que podría haber llegado a ser una excelente bailarina». Y de hecho durante varios años actuó en el teatro Campoamor cada fin de curso.

«Mucha clase»

A Marisa Faljul tampoco le extrañan los comentarios que durante estos días se han realizado para describir la personalidad de la joven, «porque son ciertos. Era una niña majísima, con mucha sencillez, pero a la vez elegante. Tenía mucha clase. Lo que más recuerdo de ella es que siempre reclamaba tu atención, porque quería aprender y profundizar en todo constantemente. Ya en aquella época se veía que era una perfeccionista», comenta.

Precisamente por estas cualidades, a Marisa Fanjul no le extraña que el mismísimo Felipe de Borbón haya elegido a la joven ovetense como futura esposa, «porque es una mujer que se ha labrado a sí misma: es culta, inteligente y muy muy dulce».

A mediados de los ochenta, Letizia Ortiz se fue a vivir junto a sus padres a Madrid. Pero esa lejanía, no impidió que Marisa Fanjul siguiese manteniendo relación con la joven y su familia, «aunque la distancia nos ha alejado un poquito». La última vez que la vio fue el pasado mes de octubre, con motivo de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias: «Sin embargo, no pude hablar con ella porque estaba totalmente atareada».

El pasado sábado, cuando la Casa Real confirmó el compromiso, las lágrimas comenzaron a brotar sobre el rostro de Marisa. A su cabeza le vinieron grandes momentos. «Me emocioné mucho porque estoy muy unida a la familia», dice mientras asegura que desconocía la relación que mantenía con Don Felipe. Ahora tiene una cosa clara: «le voy a hacer un regalo. No se qué, pero se lo haré».

Marisa se despide. Su sonrisa disimula la emoción que reflejan sus ojos cuando se dirigen al estudio que ahora, cerrado el de Oviedo, posee en Gijón. Mira hacia el parquet y se para un instante. Recoge una pequeña zapatilla que reposa en el suelo y parece que lo que tiene entre sus manos el zapato de cristal de una futura Reina: su alumna, la niña Letizia.