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Sábado, 15 de mayo de 2004

Ensayo nupcial con lágrimas reales
El Príncipe Federico recibió en el altar a su ya esposa, Mary Donaldson, visiblemente emocionado. La romántica boda del Heredero danés fue el mejor aperitivo para la que se celebra en Madrid en una semana


LETICIA ÁLVAREZ/ENVIADA ESPECIAL COPENHAGUE


FELICES. El príncipe Federico y Mary Donaldson saludan ya convertidos en esposos. / REUTERS

Diez minutos. Un retraso convencional para una boda, pero suficiente para cambiar la costumbre. Ayer, quien lloró fue él. El príncipe Federico de Dinamarca no pudo contener las lágrimas cuando escuchó, en el exterior de la catedral, el repique de campanas previsto para anunciar la llegada de Mary Donaldson. Intuyó su presencia al otro lado de la gran puerta de este templo luterano construido en 1829 y no disimuló su emoción.

Es el futuro Rey de Dinamarca y lloró ante los 800 invitados que asistieron a la ceremonia religiosa. Y ante su madre, la reina Margarita, la cabeza visible de esta Monarquía, la más antigua del mundo, y que tanto tardó en aceptar a la abogada australiana. Cuatro años para convertirla en su sucesora. Las lágrimas también llegaron a los miles de daneses atentos al enlace: en las calles céntricas de Copenhague, donde se instalaron enormes pantallas, y en locales y domicilios, a donde llegaron las imágenes a través de la principal cadena de televisión del país.

El mundo entero, en suma. Porque una boda real tiene la sana costumbre de parar, aunque sólo sea por unos instantes, a todos. ¿Quién puede abstraerse de conocer el desenlace de una historia de amor con final feliz? Los daneses ya han visto cómo culminaba la suya y, entre los primeros asientos del templo, también fueron testigos del emotivo recibimiento a la novia en el altar, el Príncipe de Asturias y Letizia Ortiz Rocasolano.

Reencuentro en Madrid

A escasos ocho días de su boda, don Felipe y su prometida presenciaron cómo podría ser su ceremonia. De hecho, el próximo sábado muchos de los rostros congregados en la catedral de Nuestra Señora de Conpenhague volverán a verse en la Almudena. Un ensayo nupcial con otra importante connotación, la presentación ante la realeza de la próxima Princesa de Asturias. Aunque la protagonista era Mary Donaldson, a los ojos de todos los presentes no pasó inadvertida la mujer elegida por el Heredero del Trono español.

Al llegar a la catedral, saludó con la mano en alto y los comentaristas televisivos daneses la mencionaron en varias ocasiones. Letizia Ortiz, como la noche anterior en el Teatro Real, eligió el color rojo para aparecer ante las casas reales. De nuevo, un Lorenzo Caprile. De nuevo, espectacular. Junto a ella, para arroparla en esta importante cita, doña Sofía, muy elegante con un vestido de encaje en color antracita; la infanta Cristina, en granate y verde manzana, junto a Iñaki Urdangarín; la infanta Elena, desbordando sofisticación con una capa fucsia de puños rojos, con Jaime de Marichalar, y, por supuesto, el príncipe Felipe, quien eligió el uniforme de etiqueta de capitán de corbeta del Cuerpo General de la Armada.

Sin el Rey

El Rey no asistió, por lo que doña Sofía, que ayer celebraba el 42 aniversario de su boda, entró en el templo acompañada de los Reyes de Bélgica. Se vio, aquí, un entrañable gesto de la reina Paola, cuando doña Sofía le rogó que pasara delante y ella insistió en que fuera acompañada por su marido.

Instantes antes les habían precedido los representantes de otras casas reales como la sueca, encabezada por el Rey Gustavo y la reina Silvia, quienes acudieron acompañados de sus tres hijos, Victoria, Magdalena y Carlos Felipe; los príncipes Felipe y Matilde de Bélgica, y Haakon y Mette Marit de Noruega, así como Marta Luisa y su marido Ari Behn. Por la casa Windsor acudieron el príncipe Eduardo y su esposa Sophye Rhys-Jones. Desde Japón, y solo, llegó el príncipe Naruhito; también estuvieron los duques de Luxemburgo, el Aga Kan, Farah Diba, ex emperatriz de Irán, y Víctor Manuel de Saboya.

La nota más glamourosa la puso Carolina de Mónaco, con su esposo Ernesto de Hannover. También estuvo la familia real griega al completo: los reyes Constantino y Ana María, el príncipe Pablo y su eposa Marie-Chantal, la princesa Alexia y su esposo Carlos Morales, y el príncipe Nicolás con su hermana pequeña, la princesa Teodora, entre otros.

Como manda el protocolo, la novia sería la última en llegar y lo hizo del brazo de su padre, John Donaldson, quien lució el tradicional kilt escocés. Si bien, las normas de conducta escandinavas tienen algunas diferencias con respecto las españolas. Por ejemplo, la reina Margarita no actuó de madrina de su hijo, como sí hará doña Sofía, el próximo 22 de mayo, y el príncipe Federico no tuvo que pedir consentimiento a su madre antes de pronunciar el sí quiero. Sin embargo, algo que no sucede en España, cuando los Reyes llegaron al altar besaron a su hijo. Y lo hicieron muy emocionados.

Fue una ceremonia romántica, en un templo donde predominó el color rojo de las flores y en la que se esperó el sí quiero con la misma intensidad que en otras bodas por amor.Tras éste y el clásico intercambio de alianzas, los ya marido y mujer, volvieron a recorrer la alfombra de sesenta metros que lleva hasta la entrada de la catedral para saludar a los daneses. Se había producido ya el primer beso de la jornada. Un gesto de amor, al que precedieron innumerables muestras de afecto y complicidad entre la pareja. El más emotivo, cuando Mary Donaldson llegó al altar y se dio cuenta de que Federico tenía los ojos inyectados en lágrimas. Con una caricia trató de apoyarle. Concluida la ceremonia, los recién casados se inclinaron ante la Reina y su esposo, el príncipe consorte Enrique.

Una multitud

Ya en los exteriores de la catedral de Copenhague, una multitud recibió a sus príncipes con aplausos y un despliegue de banderines con los colores de Dinamarca y de Australia. El buen tiempo, o más bien la falta de lluvia, porque la temperatura no subió de los diez grados, permitió que los contrayentes realizaran el recorrido nupcial en un carruaje tirado por seis corceles blancos y escoltado por 48 guardias reales montados. La Casa Real danesa había estudiado otra opción en caso de lluvia: un impresionante coche dorado con oro de 24 kilates, mandado construir en 1840 para ocasiones especiales y de estado, que al final no se utilizó.

Desfilaron por todas las calles céntricas hasta llegar al Palacio de Amalienborg, desde cuyo balcón salieron a saludar en dos ocasiones y volvieron a besarse.

Mientras esto ocurría, los exclusivos 400 invitados al banquete llegaban al Palacio de Fredensborg. Allí les esperaba una carpa de 1.400 metros cuadrados donde se sirvió un cóctel de bienvenida y la posterior cena.

Tendrían que aguardar hasta las ocho de la tarde para que los novios se unieran a ellos. Entonces comenzó la cara más festiva de la celebración. Una fiesta rematada por un vals en el que el Príncipe tuvo oportunidad de bailar con Letizia Ortiz. Tal vez fue el último ensayo de su propio vals.