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Domingo, 16 de mayo de 2004

Letizia allana el camino
La futura princesa supera con nota su presentación a la realeza europea y deslumbra con una nueva imagen que la hace ganar adeptos a pocos días de su boda

LETICIA ÁLVAREZ/COPENHAGUE ENVIADA ESPECIAL


No es lo mismo acercarse a un estado de vida pública desde la normalidad del anonimato que desde la costumbre de la popularidad. Letizia Ortiz Rocasolano no se convierte en un personaje popular de la noche a la mañana. A Letizia no le sorprende ver una cámara apuntando directamente a sus ojos. Era, recordemos, la chica del 'Telediario'. Ese hábito adquirido vía profesional, en su caso casi por la inercia de la genética, es terreno ganado. Difícilmente bajará la cabeza como hacía Lady Di al verse cegada por los flashes.

El viernes pasado, sin ir más lejos, se pudo leer un «gracias» en sus labios dirigido a los cámaras que la fotografiaron a la entrada del palacio real de Copenhague. El restringido ambiente palaciego sabrá si se desenvolvió en la corte danesa. Conoció y fue presentada a todos los invitados de la realeza, pero el protocolo la sentó en la catedral junto a Máxima Zorreguieta, futura reina de Holanda, y sin saberlo pudo haber provocado el inicio de una buena amistad entre ambas.

Fuera de ese exclusivo círculo de cetros y coronas lo único que queda, no es poco, es comprobar si su elegancia, conducta y aplomo están a la altura de las circunstancias. El color ha sido el primer gesto eficaz. Cuando una mujer se viste de rojo lo hace para triunfar, para acaparar miradas para no pasar inadvertida. Es el color de la pasión, para apasionar y porque está apasionada. La prometida de don Felipe ha demostrado una capacidad de adaptación al medio casi animal. Primero lo hizo en el medio televisivo, donde sus apariciones en pantalla noquearon al Príncipe y lo hace ahora cogida de su brazo en la última boda real europea, claro está, antes de la suya. Su cambio de imagen ha sido tremendo, pero paulatino. Como si fuera ella quien juega a allanarnos el camino hacia ese gran día en La Almudena.

Al principio, en los informativos, acostumbró al espectador a sus chaquetas estructuradas de colores alegres; en la pedida, ofreció una imagen demasiado minimalista y clara; en el 25 aniversario de la Constitución se la vio perdida, aquel 'jacquard' tornasolado pecó de conservador; poco a poco su armario, su personalidad y su nuevo estatus rozan la deseada armonía. En su primera salida al exterior, incluso la desborda. Ha ganado adeptos gracias a la apuesta segura de Lorenzo Caprile y su último moño, el de las ondas al agua, le han granjeado el aplauso y la han resarcido del 'armani' de la pedida de mano.

Se mostró española. Y así la habría pintado Julio Romero de Torres. Esa suerte de 'in crescendo' mantiene la atención del espectador. Esgrime, no obstante, un arma de doble filo. De un lado, la periodista ovetense disfruta entre los elegidos, en un mundo más inalcanzable aún que correr en un fórmula-1; de otro, demasiados ojos observadores pueden acabar por convertir la llegada a la meta en una carrera de obstáculos.

Quedan seis días, pero sólo para la boda, porque el suyo es otro cometido: será, no lo olvidemos, la princesa de Asturias.