
Lunes, 24 de mayo de 2004
Doña
Letizia, ante el inicio de su otra biografía
Su actitud en la Almudena no tiene parangón con el día
de la pedida o su puesta de largo en Copenhague
LETICIA ÁLVAREZ
Una reina se hace si entiende desde el principio que vive para
servir a los demás. El mensaje, no explícito,
recoge, en resumen, el espíritu de la biografía
de doña Sofía, firmada por Pilar Urbano. A doña
Letizia no le hará falta leerse el libro de la periodista
porque para solventar dudas no tendrá más que
cruzar el jardín de su casa y fijarse en el «impagable
ejemplo de la Reina».
Desde su boda con don Felipe ha iniciado una vida colmada
de privilegios, pero también de obligaciones. Hasta
ahora sólo su profesión de periodista le acarreó
grandes sacrificios. Probó el duro horario de los informativos
matutinos, el fin de los contratos sin posibilidad de renovación,
los atascos y las prisas y las largas jornadas laborales sin
sobresueldo. En todo ello encontró la justificación
vocacional.
Ahora asistirá a galas memorables, será testigo
y parte de la Historia, vestirá sedas de increíble
trama y lucirá deseadas joyas, pero tendrá una
nueva misión, la de perpetuar una dinastía monárquica.
Un reto al que se asoma sin habérselo propuesto y que
despertará sobre ella más atención aún
que un informativo en 'prime-time'.
La Princesa de Asturias escribe su nueva biografía
y, entre líneas, ha comenzado a sufrir. Lo hace cuando
firma unas estrictas capitulaciones matrimoniales por las
que renuncia a todo si el enlace fracasa. Lo hace desde el
momento en que su boda se ve condicionada por los acontecimientos.
Es una novia sí, pero no una novia más. Su boda
se llama de Estado y mientras el 22 de mayo en España
se casan decenas de parejas la de ella es la única
que debe contener la emoción en recuerdo por las víctimas
del 11-M.
Como todas tendrá un álbum de fotos, pero cómo
ninguna será analizada palmo a palmo. Cuesta ser Princesa,
claro que sí, y a doña Letizia se la vio por
primera vez deslumbrada con su nuevo entorno cuando se sentó
ante el altar de la Almudena. Así se lo susurró
al Príncipe.
Han sido seis meses intensos, frenéticos, casi acelerados.
Apasionantes. Y la novia llegó cansada, aunque no con
esa fatiga enfermiza que acaba por deslucir la llegada a la
meta, sino con la que se siente al alcanzar un deseado y difícil
fin.
Nada tiene que ver la mujer vestida de blanco que se presentó
ante la realeza del mundo y la sociedad española para
dar un paso definitivo, con la que hacía una semana
sorprendía en Dinamarca a las mismas familias monárquicas.
En ambos casos deslumbró, pero el talante fue a ojos
de todos bien diferente. Si cada situación merece una
actitud, doña Letizia ha sabido enfrentarse a cada
papel como si hubiera aprendido un guión. Se vistió
de novia y pareció sentir sobre ella todo el peso de
su nueva responsabilidad. Ni sus miradas, ni sus gestos, ni
su andar encontrarán parangón en la pedida o
en Copenhague.
Tampoco sus palabras sonaron igual que aquella tarde de noviembre
en que la pareja recién anunciada salía al jardín
de la Zarzuela para proclamar su amor. Tembló su voz
y temblaron sus piernas porque en el templo de poco sirvieron
sus tablas periodísticas.
No lloró. Para muchos ha sido un nuevo gesto de su
presunta frialdad. Quizás asumiera ya que en grandes
momentos deberá contenerse. Quizás viera ya
su firma rematada con el título de Princesa de Asturias.
Quizás su respetuosa actitud hacia esa nueva rúbrica
fue lo que afloró allí, en la Almudena.
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