PREMIO PRINCIPE DE ASTURIAS DE LAS CIENCIAS SOCIALES
EXCMO. SR. D. GIOVANNI SARTORI
DEMOCRACIA: EXPORTABILIDAD E INCLUSIÓN
Majestad,
Alteza, Excelentísimos Señoras y Señores:
En
mi ya larga vida de estudioso he sido muy extravagante, he enseñado
asignaturas muy distintas y me he ocupado de todo un poco, de asuntos
muy variados. Y es que soy un animal curioso. Pero en mi extravagancia
la democracia, la teoría de la democracia, ha sido un hilo conductor
constante. En esta solemne ocasión me siento obligado, por eso,
a volver a este antiguo y nunca adormecido amor.
Desde
la segunda guerra mundial en adelante la democracia, la liberal-democracia,
ha estado en expansión; y la caída del régimen
soviético y de su ideología le ha abierto nuevos espacios
de conquista. Pero, mientras que la economía se ha hecho verdaderamente
global (en el sentido de que la economía de mercado ha desbaratado
realmente la planificación económica colectivista de tipo
soviético), los sistemas políticos permanecen divididos,
en el mundo, entre democracias y no democracias. Y esta constatación
abre el interrogante sobre la exportabilidad de la democracia (en qué
medida y en qué condiciones). Está claro que este interrogante
presupone que la democracia nace desde y en la civilización occidental,
y que las denominadas “democracias de los otros” son imaginarias
(tal y como era imaginaria y estafadora la noción de democracia
comunista). Dicho esto, en lo que se refiere a la exportabilidad-difusión
de la democracia existen (estoy simplificando, está claro) dos
teorías básicas.
La
primera teoría es economicista: y es que la democracia se ve
obstaculizada por la pobreza y está relacionada con el bienestar.
Históricamente no ha sido así: la liberal-democracia como
demo-protección, o sea, como sistema de libertad y de protección
constitucional, nació en sociedades pobrísimas; y el liberalismo
instituye el estado limitado, el control del poder y la libertad desde
(desde el Estado); nada más y sólo esto. Pero hoy ya no
es así. Hoy a la demo-protección se añade un demo-poder
que exige demo-distribuciones (de riqueza). Y en este contexto la tesis
de los economistas llega a ser que, si produces riqueza, al final produces
democracia. La tesis de los sociólogos es más prudente.
En la versión clásica de S.M. Lipset, “cuanto más
próspero es un país, es más probable que sostenga
la democracia”. Sí, es verdad. O sea, es verdad que el
bienestar facilita la democracia. La duda, actualmente, es si el bienestar
continuará creciendo, y si la guerra a la pobreza (en el mundo)
podrá ser vencida.
Personalmente
lo dudo. En menos de un siglo la población mundial se ha triplicado.
Hoy somos más de seis mil millones, y continuamos aumentando
en 70 millones al año: todos en países pobres, y probablemente
destinados a seguir siéndolo. De lo cual me limito a deducir,
aquí, que la teoría economicista no nos debe hacer olvidar
que la democracia como sistema político de demo-protección
es un bien en sí mismo, y que es siempre mejor ser pobres “libres”,
en libertad, que no pobres en esclavitud.
La
segunda teoría es cultural y de “visiones del mundo”.
Si es verdad -como lo es- que la democracia liberal nace del seno de
la cultura occidental y en función de su laicización,
entonces tenemos que esperar que, de vuelta por el mundo, se encuentre
con resistencias, incluso reacciones de rechazo, culturales. Sí
y no. La democracia se ha exportado al Japón por la fuerza de
las armas, pero después ha arraigado. En India la democracia
es una herencia inglesa, pero ha sido plenamente adoptada. Así
pues, se dan casos de exportaciones culturalmente improbables que sin
embargo han sido un éxito.
Existe,
sin embargo, una segunda cara de la moneda: la de la importación
(inmigración) a occidente de culturas alógenas. Aquí
el problema es de integración y la pregunta es si los asiáticos,
indios, africanos, árabes, se integran o no, aceptan o no, las
instituciones democráticas de los países en los cuales
se casan. También a este propósito se puede responder
que a veces sí y a veces no. Pero para ser más precisos
hay que puntualizar qué se entiende por integración. Para
empezar integración no es asimilación. Los indios, japoneses,
chinos, trasplantados a Occidente mantienen su identidad cultural (y
en este sentido no se dejan asimilar), y sin embargo se han integrado
en la ciudad democrática y se han hecho buenos ciudadanos de
ella. Y en este resultado no hay ninguna contradicción. Porque
la integración necesaria y suficiente es solamente la adhesión
a los principios ético-políticos de la democracia como
sistema político. Nada más, pero tampoco nada menos.
Entonces,
¿cuál es el elemento, el factor, que hace rígida,
casi impermeable, una identidad cultural?
A
mí me parece indudable que es el factor religioso, y más
concretamente el monoteísmo, la fe en un Dios único que
por eso mismo es el único Dios verdadero. Este monoteísmo
puede ser neutralizado y detenido -como sistema de dominio teocrático-
por la rebelión de una sociedad laica que separa la religión
de la política. Esta separación ocurrió en el mundo
cristiano desde el 1600 en adelante. Pero no ha pasado en el Islam,
que era y sigue siendo culturalmente un sistema teocrático que
todo lo abarca (de todo mezclado junto).
Así
pues, ¿voluntad del pueblo o voluntad de Dios? Mientras prevalece
la voluntad de Dios, la democracia no penetra, ni en términos
de exportación (territorial) ni en términos de interiorización
(donde quiera que el creyente se encuentre). Y el dilema entre voluntad
del pueblo y voluntad de Dios es, y seguirá siendo -por robarle
un título a Ortega y Gasset- el tema de nuestro tiempo.
Majestad,
Alteza, he terminado. Pero no puedo acabar sin decir (aunque está
claro sin decirlo) lo honrado y profundamente conmovido que me siento
por el Premio que me ha sido otorgado. Gracias, gracias de corazón.