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| Mesas navideñas de antaño La mayoría comparten presencia con otras fiestas del cristianizado ciclo agrícola anual, pero unos cuantos saludan de forma exclusiva el sosticio de invierno y el natalicio de Jesús LUIS ANTONIO ALIAS
Apenas merecía celebración en aquellos entonces la Nochebuena, jornada de vigilia –sopa, pescado, compota– coronada por la solemne Misa del Gallo; sólo la tradición de los ‘manes’, espíritus antepasados que visitaban de madrugada el lar familiar y encontraban dispuestos alimentos y licores, permitía cenas tardías: cumplido el rito, y con la ‘fame’ apretando, a partir de cierta hora los vivos daban cuenta del ritual bollo mientras los muertos retornaban ayunos al hoyo. La comida de Navidad, en alegre reunión familiar y vecinal extensa; el día de San Silvestre, con ‘magüestu’ espichoso y comunal al que todos aportaban lo posible, incluidos rabeles, gaitas, flautas, percutores, bailes y amores clandestinos bajo la cálida manta de heno de las tenadas; y la festividad de Reyes, donde distribuía los aguinaldos la equitativa autoridad del párroco, marcaban ágapes presididos por besugo, o en su defecto chicharro, que no desmerece un ápice, y si el bacalao andaba caro los pixuetos cocinaban deliciosos curadillos de lija o gata. Tierra adentro, el casi olvidado pavo, los tiernísimos capones, y el jugoso y crujiente tostón, competían con el ‘pitu de caleya’ y el cordero. Y el arroz, tan ajeno y lejano, tan propio y próximo, tan sustancioso con frutos de pedrero y pastizal, o incomparable con leche y azúcar requemado. No faltaban manzanas asadas, y peras igualmente asadas en vino, e incluso un turrón o guirlache autóctono durísimo –recibía el nombre de ‘tabique’– elaborado con miel y avellanas. Y el escaldao, y los borrachinos, y los miñuelos, y los canutillos, y les casadielles, y el panchón, y la tarta de avellana, y la tarta de castaña, y la tarta de nuez, y los suspiros, y las rosquillas, y el dulce de manzana, y las torrijas, y el pan de higos, y los fritos de leche... A lomos de mulas arrieras entraron turrones y mazapanes justo cuando las primeras chimeneas industriales y los primeros castilletes mineros modificaban un paisaje sin otros humos que las rozas; luego llegaron turroneros levantinos y fundaron obradores de fama –José Verdú abre su establecimiento gijonés en 1882– o empresas de aquí dejaron y dejan –Rajalmendra, El Gaitero– altos timbres de calidades, aparte de los muchos reposteros que año tras año multiplican las especialidades. El duro y el blando, de pareja turronera única, presiden ahora una numerosísima familia con la mayor parte de frutos y frutas que la naturaleza proporciona. ¡Hasta de sidra! La meridional e importada almendra arrinconó las versatilidades autóctonas de avellanas, nueces y castañas, y aunque éstas van poco a poco reimponiendo presencias, su asturianía suele consistir en mera melancolía: salvo honrosas excepciones provienen de León, de Cataluña, de Turquía, de los países del Este, de California. De cualquier forma, y si vive usted en la villa de Jovellanos, siempre que un ‘foriatu’, al conocer su residencia, le diga lo de «Gijón, claro, la ciudad famosa por sus turrones», responda sin dudarlo: –Efectivamente. |