jueves, 16 de diciembre de 2004

Mesas navideñas de antaño

La mayoría comparten presencia con otras fiestas del cristianizado ciclo agrícola anual, pero unos cuantos saludan de forma exclusiva el sosticio de invierno y el natalicio de Jesús

LUIS ANTONIO ALIAS


CASADIELLES También navideñas. / L. A. A.
Hasta que los ‘tocotes’ y los minúsculos supermercados de las primeras cadenas –recuerdo las libretas de puntos ‘Spar’– mostraron a las claras que Asturias se convertía en urbana, y la ‘Aldea perdida’, de Palacio Valdés tomaba hechuras de barrio, el adviento transcurrió con aguinalderos, coros de niños que iban por las casas portando cestas o ‘goxas’ y cantando villancicos gastronómicos tal que así: «Denos l’aguinaldo /dueña de la casa; /huevos y tocino, /longaniza asada, / chorizu y morcielles, /miel, mantega, escanda, /o un copín d’ablanes / y alguna castaña...»; y recorrían ‘les caleyes’ zamarrones, sidros, bardancos, guirrios, vecinos ocultos bajo estrafalarios y coloristas atuendos a los que asistía el derecho de reclamar la paga en especies de modo ruidoso y expeditivo.

Apenas merecía celebración en aquellos entonces la Nochebuena, jornada de vigilia –sopa, pescado, compota– coronada por la solemne Misa del Gallo; sólo la tradición de los ‘manes’, espíritus antepasados que visitaban de madrugada el lar familiar y encontraban dispuestos alimentos y licores, permitía cenas tardías: cumplido el rito, y con la ‘fame’ apretando, a partir de cierta hora los vivos daban cuenta del ritual bollo mientras los muertos retornaban ayunos al hoyo.

La comida de Navidad, en alegre reunión familiar y vecinal extensa; el día de San Silvestre, con ‘magüestu’ espichoso y comunal al que todos aportaban lo posible, incluidos rabeles, gaitas, flautas, percutores, bailes y amores clandestinos bajo la cálida manta de heno de las tenadas; y la festividad de Reyes, donde distribuía los aguinaldos la equitativa autoridad del párroco, marcaban ágapes presididos por besugo, o en su defecto chicharro, que no desmerece un ápice, y si el bacalao andaba caro los pixuetos cocinaban deliciosos curadillos de lija o gata.

Tierra adentro, el casi olvidado pavo, los tiernísimos capones, y el jugoso y crujiente tostón, competían con el ‘pitu de caleya’ y el cordero.

Y el arroz, tan ajeno y lejano, tan propio y próximo, tan sustancioso con frutos de pedrero y pastizal, o incomparable con leche y azúcar requemado.

No faltaban manzanas asadas, y peras igualmente asadas en vino, e incluso un turrón o guirlache autóctono durísimo –recibía el nombre de ‘tabique’– elaborado con miel y avellanas.

Y el escaldao, y los borrachinos, y los miñuelos, y los canutillos, y les casadielles, y el panchón, y la tarta de avellana, y la tarta de castaña, y la tarta de nuez, y los suspiros, y las rosquillas, y el dulce de manzana, y las torrijas, y el pan de higos, y los fritos de leche...

A lomos de mulas arrieras entraron turrones y mazapanes justo cuando las primeras chimeneas industriales y los primeros castilletes mineros modificaban un paisaje sin otros humos que las rozas; luego llegaron turroneros levantinos y fundaron obradores de fama –José Verdú abre su establecimiento gijonés en 1882– o empresas de aquí dejaron y dejan –Rajalmendra, El Gaitero– altos timbres de calidades, aparte de los muchos reposteros que año tras año multiplican las especialidades. El duro y el blando, de pareja turronera única, presiden ahora una numerosísima familia con la mayor parte de frutos y frutas que la naturaleza proporciona.

¡Hasta de sidra!

La meridional e importada almendra arrinconó las versatilidades autóctonas de avellanas, nueces y castañas, y aunque éstas van poco a poco reimponiendo presencias, su asturianía suele consistir en mera melancolía: salvo honrosas excepciones provienen de León, de Cataluña, de Turquía, de los países del Este, de California.

De cualquier forma, y si vive usted en la villa de Jovellanos, siempre que un ‘foriatu’, al conocer su residencia, le diga lo de «Gijón, claro, la ciudad famosa por sus turrones», responda sin dudarlo:
–Efectivamente.