Las indudables propiedades del corcho
El cierre hermético permite generar los aromas
terciarios en un ambiente reductor tras la fase de crianza en madera
José Manuel Peláez
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| El Corcho |
Botella de cristal, vino y corcho han sido inseparables desde el siglo
XVII, cuando Dom Pérignon, en Champagne, popularizó las
propiedades del corcho y, por supuesto, las del mítico espumoso.
A partir de este momento, botella y tapón de corcho alteraron las
características de todos los vinos de Europa y su comercialización.
No obstante, muchos siglos antes, el corcho ya era conocido y apreciado
para otros menesteres.
El corcho procede de la corteza que genera el alcornoque (quercus suber),
árbol que se desarrolla de manera espontánea en los bosques
ribereños del Mediterráneo: España, Francia, Italia
y Portugal.
Cierto es que, para formarse, necesita un primer período de 30
años y, puesto que se regenera, extracciones sucesivas de 9 en
9 años hasta los 150, momento en que termina su ciclo productivo.
Por otro lado, el trabajo de sacar el corcho tiene que ser manual y con
mucha precisión para asegurar la longevidad del árbol y
su capacidad de producción.
Características físico-químicas
El corcho está compuesto por un 20% de un cuerpo graso nitrogenado
y un 80% de gas encerrado en multitud de microalveolos que permiten su
compresibilidad y recuperación elástica (85% en segundos).
Por su parte, el tejido suberoso no es perfectamente homogéneo,
está atravesado en su espesor por poros, en paredes llamadas lenticelas
que frecuentemente son invadidas por mohos y microorganismos no deseados.
Las lenticelas son permeables a gases y líquidos, siendo su número
y grosor importantes en la clasificación del corcho.
Cuanto mayor es su cantidad peor es el corcho.
La madurez también influye para su clasificación; no debe
estar verde, hinchado ni muy agrietado. El primer nivel de calidad es
el corcho flor, seguido de corchos de primera, segunda... y así
sucesivamente.
Su composición química y estructura atómica lo convierten
en un material hermético que permite generar los aromas terciarios
del vino en un ambiente reductor, y armonizarse, tras su fase de crianza
en madera. También es ligero, con elevada capacidad de térmica
y acústica, elástico, resistente al desgaste mecánico,
a la degradación por ácidos y microorganismos, y con un
elevado coeficiente de fricción. Cuanto más tiempo tenga
que permanecer el vino en la botella, de mayor calidad y longitud deberá
ser el corcho, siendo los de 38,5, 44 y 49 los más utilizados,
junto a los lujosos de 53, 55 o, incluso, 60 milímetros. El reto
es que la industria del corcho pueda garantizar al cien por cien la calidad
del tapón, desde el más caro a 1 euro hasta el más
económico, de 0,0 3 euros.
El problema del TCA
En general, el corcho es inocuo, pero se dan unas circunstancias en las
que puede transmitir diversas sustancias volátiles desagradables,
como los TCA (tricloroanisoles) o ‘sabor a corcho’. No obstante,
normalmente se responsabiliza de culpas que pueden derivarse de las barricas,
paredes de bodegas, botelleros de madera u otros elementos descubiertos
más recientemente.
El TCA se produce por un hongo que estaba en el árbol en determinadas
condiciones de existencia de cloro o compuestos de cloro en el ambiente.
Los detritus que deja se transforman en TCA y derivados, pero el hongo
en sí, al primer hervido de corcho, incluso en el primer verano
de secado, ha muerto y no sigue atacando al cocho.
Cifras fiables sobre la cantidad de vinos estropeados por el corcho no
superan el 0,6%. A pesar de todo, la industria debe mejorar el bosque
de alcornocales, realizar un estricta clasificación de planchas
y cambiar el agua de las calderas de hervido cada día. Los derivados
del tricloroanisol son solubles en el agua y se eliminan en el hervido.
Si no se cambia el agua, su concentración aumenta y puede infectar
a corchos limpios.
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