Autoridades, premiados,
queridos amigos: Buenas
tardes a todos y
bienvenidos a la entrega
de los premios los ‘Platos de Papel’
que la página ‘Las razones del
gastrólogo’ del suplemento gastronómico
YANTAR, del diario EL COMERCIO
entrega cada año a los mejores
camareros y personal de sala
de Asturias y que, en esta ocasión,
¡cómo pasa el tiempo!, alcanza la
sexta edición.
Surge la idea del premio que hoy
nos ha reunido aquí porque al insensato
que escribe ‘Las razones del
gastrólogo’, mi detestado hermano
gemelo y vergüenza de la familia
(el que les habla es Silvino Hermógenes
Vilabella, notario de La Coruña)
se le metió en la cabeza que
los camareros estaban sufriendo
una operación de acoso y derribo
por parte de los feroces cocineros
y que éstos, además del dinero y del
protagonismo, acaparaban todos
los premios del sector y les quitaban
el pan y la sal a sus sufridos hermanos
de oficio. Los ‘Platos de Papel’
son, por lo tanto, unos galardones
de clase, revolucionarios, anarquistas,
utópicos y antisistema, que
vienen a poner el punto sobre las
íes y a gritar ¡caramba! y ¡córcholis!,
en un momento de reivindicaciones
sociales y difícil coyuntura
económica.
En las cuatro primeras ediciones
estos humildes galardones se enviaban
por correo, porque el cabeza
loca de mi hermano es pobre
como una rata y como el desdichado
casó tres hijos que ahora campan
por sus respetos y le han llenado
la casa de nietos, no contaba, ni
cuenta, con medios suficientes para
pagar un acto esplendoroso como
éste que estamos viviendo aquí y
ahora, en riguroso directo. Los diplomas
se mandaban por correo y
a coste debido, sí, pero con aires de
grandeza, y se rogaba a los carteros,
probos funcionarios de la comunicación,
que se tocasen con alegres
gorras floreadas y se hiciesen acompañar
por bandas de gaiteros y tamborileros,
gastos que, como es natural,
tenía que pagar de su bolsillo
el sufrido cuerpo de Correos.
Pero, aleluya, todo cambió en la
pequeña historia de los ‘Platos de
Papel’ cuando en el negro horizonte
apareció un espónsor, un mecenas
que paga todos los gastos, un
caballero desprendido que abre generoso
su bolsillo, dice: ¡aquí estoy
yo! y pone el jamón ibérico encima
de la mesa.
Tal y como está el mundo no se
puede hacer nada sin un espónsor;
el espónsor es el Séptimo de Caballería
para los actos lúdicos y culturales;
es como el bastón para los ancianos,
como el taca taca para el
bebé que inicia la andadura. El mecenas,
para los ‘Platos de Papel’, fue
el año pasado y lo es hoy, ahora mismo,
don Marcelo Conrado Antón,
propietario de Casa Conrado y La
Goleta, santo varón que algún día
nuestros nietos verán en los altares
y le rezarán con devoción. Y hoy
este presentador le adelanta provisionalmente
el tratamiento y le dice
con unción: Gracias, San Marcelín,
muchas gracias por tus mercedes.
Mi hermano José Manuel, el perdulario,
me tiene dicho que él ama
la cocina y la gastronomía, pero que,
sobre todo, adora el restaurante. El
restaurante es la iglesia de la felicidad,
las basílicas donde los que
creen en la buena vida encuentran
refugio y acomodo, donde el comerciante
cierra tratos, el glotón engorda,
el político pacta, el señor de
Bilbao seduce a señoritas rubias y
donde todos, todos nosotros, calmamos
el hambre o mitigamos el
apetito. Hay muchas clases de restaurantes,
casi tantas como tipos
de comensales. En Asturias se puede
comer en diez mil sitios, todos
ellos profesionales y cada uno, a su
manera, realiza tarde y noche la
puesta en escena de su representación
teatral para obtener el aplauso
del público y los fondos necesarios
para que continúe el milagro
de dar de comer al prójimo, para que
se pueda seguir levantando el telón.
Estos son malos tiempos para
la lírica, años difíciles para la restauración
pública, momentos cruciales
para la cocina; la crisis nos
acongoja y acobarda, pero hay que
resistir, aguantar, trabajar y sobrevivir.
Ya vendrán otra vez las vacas
gordas, medio gordas o casi gordas;
algún día, caramba, dejará de llover.
En la representación teatral del
banquete los principales actores
son los camareros, el personal de
sala, el sumiller, el maître. En la cocina
está la fábrica, la crispación, la
tensión y en la sala la sonrisa y las
buenas maneras; un mal camarero
echa a la clientela del restaurante
y uno bueno lo conserva, lo fideliza.
Hoy premiamos a tres excelentes
profesionales de la sala, a tres
ejemplos a seguir, permítanme que
se los presente: doña Rocío Robredo
Fernández, que presta sus servicios
en el restaurante El Jornu de Pancar (Llanes), es el prototipo de
la mujer luchadora y abnegada. La
he visto trabajar cada verano desde
hace muchos años. Un restaurante
como El Jornu es en verano
un sitio donde el trajín no cesa. Julio
y agosto son, para los restaurantes
que viven junto al mar, la época
dorada, cuando se hace caja,
cuando el personal tiene que rendir
al máximo, dar el callo, llegar
a la extenuación, superar la fatiga.
Y ahí está Rocío y sus compañeras
defendiendo la posición, sin desalentarse
jamás, amables, serviciales,
afectuosas. En la figura de Rocío
premiamos hoy a un prototipo
de mujer comprometida con su oficio,
a la mujer trabajadora que se
gana el sueldo, la admiración y el
afecto de la clientela, a la mujer que
sabe transformar con sus cualidades
y dedicación a los clientes del
restaurante en amigos personales.
Afortunadamente, hay muchas Rocíos
en los restaurantes asturianos;
ellas nos salvan de la mediocridad.
Pido, para mi amiga Rocio, un gran
aplauso.
Los ‘Platos de Papel’ tienen todos
el mismo valor facial. Aquí no
hay primero, segundo o tercero. Todas
las medallas son de oro; las medallas
de plata y de bronce las arrojamos,
porque somos así de desprendidos,
a la basura con las sobras
del pote de la casa.
Glosamos en segundo lugar a don
Nacho González Álvarez, del restaurante
La Oveja Negra, de Oviedo.
Profesional culto y preparado
aprendió a escanciar sidra en un negocio
familiar a los doce años y no
cesó, desde entonces, de superarse
a sí mismo; terminó el COU con
aprovechamiento y se formó profesionalmente
con cursos y experiencias
personales. Prestó sus servicios
en el mesón Covadonga y en
la cafetería Géminis y en el año
2002 se independizó y se hizo cargo
del café El Concierto y más tarde
de Casa Pepe. En el año 2008 entró
a formar parte, con su hermana
Cristina y su cuñado Rufino, de
la sociedad La Oveja Negra, donde
continúa. Se siente satisfecho y orgulloso
de haber colaborado en la
elaboración del manual de las buenas
prácticas de la hostelería. Pedimos
para Nacho González Álvarez
la segunda ovación de la noche.
Y el último diploma que entregamos
esta tarde ha recaído, a título
póstumo, en un camarero de la
casa, en don Luis Azcárate Menéndez,
del restaurante Casa Conrado,
de Oviedo, que falleció, el último
verano, en un desdichado accidente
en Cangas del Narcea.
Pero, antes de hablar de Luis,
quiero hacerles a ustedes una confidencia.
Cuando Marcelo Conrado
y el responsable de ‘Las razones
del gastrólogo’ fijaron las condiciones
de patrocinio de estos premios,
decidieron, de común acuerdo, que
ningún empleado de Casa Conrado
o La Goleta sería distinguido con
el ‘Plato de Papel’ para evitar suspicacias,
comentarios malévolos o
pérdida de credibilidad. El que concede
estos premios puede equivocarse,
pero se equivoca él solo. Conozco
al personal de esta casa desde
hace muchos años y casi todos
merecen estar en el ranking de los
mejores. Pelayo, por ejemplo, abrió
este restaurante con la familia Antón.
Cuando Marcelo deje de subvencionar
los ‘Platos de Papel’ y volvamos
a las catacumbas y a la pobreza,
Pelayo recibirá el ‘Plato de
Papel’ porque se lo merece; se lo entregará
un cartero con el sombrero
floreado y una banda de gaiteros.
Y ahora hablemos de Luis, que
era de esta casa y de este gremio,
un profesional espléndido, formado,
amable, cariñoso polivalente y,
sobre todo, un hombre bueno y cabal.
Estaba normalmente en la barra.
Luis tenía un admirable afán
de superación que le llevó a adentrarse
en el mundo apasionante de
la coctelería, en ese universo de invención,
en la búsqueda de nuevos
sabores. Era medio alquimista y
también tenía algo de cazador de
olores, de perfumista. Los cócteles
que salían de sus manos eran misteriosos
y sutiles. Luis, con su desaparición
temprana, deja un hueco
irremplazable en su puesto de
trabajo y en el recuerdo de sus amigos
y de sus clientes. Pido para Luis
Azcárate Menéndez la ovación de
la noche, la más larga.
Y ya termino, pero antes de hacerlo,
quiero dar las gracias, en nombre
de mi hermano José Manuel,
que está recluido en el lecho del dolor
por un ataque agudo de lumbago,
una de sus enfermedades favoritas,
a los directores y capitostes
del diario EL COMERCIO por estar
hoy aquí y arropar con su presencia
estos humildísimos premios; a
mi amigo, al gran dibujante Néstor,
por haber diseñado el diploma
de los ‘Platos de Papel’ y rotulado
con pulso firme el nombre de los
ganadores y a las firmas Sánchez
Romero, Pescados Milagros, Avigasa,
La Negra Flor y a mi amigo Javi,
un tipo estupendo, propietario de
Confiterías Ovetus, que nos va a
endulzar la noche y a todos ustedes
por estar hoy aquí. Muchas gracias.
¡Viva la gastronomía!