KOLDO MIRANDA COCINERO
La crisis ha frenado la evolución de la cocina
El restaurador de origen vasco es uno de los grandes expertos nacionales en gastronomía
sudamericana. Cebiches y tiraditos se combinan en una cocina que el chef denomina «cantábrica»
:: MIGUEL LLANO
Koldo Miranda (Santurce, 1976) lleva
playeros anchos bajo el vaquero
que tapa la chaquetilla de cocinero
con su nombre o el del restaurante,
que es el mismo. Salió de los fogones
de Casa Gerardo, y antes del
Guggenhein, y antes de la Escuela
de Hostelería de Artxanda, y antes
incluso de la cocina de su madre y
de su abuela. En medio de todos estos
anduvo por La Broche, el Euskalduna,
Currito... Viajó al mundo y saboreó
Sudamérica hasta hacerse un
hueco entre los grandes y conseguir
traer Hispanoamérica a su cocina de
Cruz de Illas. Cebiches y tiraditos
del Cantábrico y los prados que lo
bordean tienen cabida en su carta.
El lo dice así: «La cocina es de aquí,
pero siempre hay un postgusto que
nos transporta».
–¿Por qué aparecen tanto los cocineros
en los medios?
–En los años 80, los platos estrellas
eran la sopa de pescado, la crema de
nécoras y la merluza en salsa verde.
A los restaurantes iban cuatro privilegiados.
En los últimos 25 años ha
habido una revolución: la cocina es
un medio de expresión, de creación
de valores... Los medios lo único que
han hecho es ser testigos de esa evolución;
no salimos porque seamos
Belén Esteban.
–¿Hacia dónde vamos?
–Hace unos años, los primeros espadas
iban hacia una cocina de vanguardia,
conceptual. La crisis, como
a cualquier movimiento social o intelectual,
lo ha cambiado. La crisis
ha frenado la evolución de la cocina,
porque lo primero es solventar las
cuestiones económicas. Si me preguntas
hacia dónde vamos, creo que
tendemos al origen, hacia las raíces.
La esencia, la base y el retomar los
productos más olvidados, aunque
queden pocos.
–Hay una tendencia slow, km-0,
ultralocalista..., pero usted siempre
mira a Sudamérica.
–Tengo influencias de muchos lugares,
pero mi cocina es de acá.
–Acaba de llegar de Mistura.
–Es la cuarta vez que estoy. Llevo
diez años conociendo lo que es la gastronomía
peruana y criolla, cinco haciendo
visitas a Perú. Sí, en Colombi
, Perú... Al final, si hay diez cocineros
españoles conocidos allá, uno
soy yo.
–¿Qué cocinó en esta edición?
–Hicimos un anticucho, pero de corazón
de bonito. Un tiradito de mar
y tierra, para darle la vuelta porque
normalmente son de pescado. Este
año, Mistura estaba dedicado a la pachamama,
la patata. Tienen unos
2.600 tipos. Yo seleccioné ocho y a
cada una le aplicamos un tratamiento
diferente: con salmuera, a la brasa,
en una cocción de hojas de plátano,
al vapor, con diferentes ajís... Después,
cocimos un pulpo de una forma
medio tradicional, con patata y
pimentón. Le pusimos un ají de fabes
para la salsita que bordeaba todo.
Debajo, un bizcochito de hongos y
trufa y lo recubrimos con un velo de
tocino de Joselito. Creo que fue un
platazo. Completo, redondo. Nos la
jugamos, pero, ¿qué planteas si es el
día de cierre y antes que tú sale Jordi
Roca y justo después va Subijana?
Pues eso, tengo un conocimiento
avanzado de la cocina de allí e hice
guiños. Lo supieron entender bien.
Estuvo bueno.
– «Acá», «estuvo bueno»... Se le ha
pegado hasta la forma de hablar.
–¿Sí, eh? Es verdad. Claro imagínate,
aquí tengo aprendices venezolanos,
ecuatorianos, mexicanos, colombianos...
Ha estado aprendiendo
la sobrina del presidente de Ecuador,
se acaba de ir el jefe de cocina de
un hotel de 5 estrellas. Han venido
a aprender los jefes de cocina de Gastón
en Bogotá y en Buenos Aires...
Se te queda el acento.
–¿Qué trata de transmitir a los
aprendices?
–Nosotros somos un restaurante familiar
y siempre les digo que no vienen
a ningún restaurante de moda
que marca tendencia. Nos dedicamos
a dar de comer a nuestros clientes.
Hacemos una comida medio tradicional,
vestida y con un guiño afuera.
Lo más importante en nuestra
casa es compartir y entender lo que
somos. Cuando vienen, los llevamos
al mercado, a la rula, a las queserías...
Tratamos de que entiendan una tierra
y una gente.
–¿Con qué se quedan cuando acaban
su periodo de formación?
–Al no ir a la alta vanguardia siempre
se quedan con más cosas. Si por
ejemplo fueran con Martino, que
tiene una línea más personal, se quedarían
con 5 ó 15 derivaciones últimas.
Nosotros partimos de la base,
vamos mucho más a la raíz. Después
ellos pueden derivar, y eso es infinito.
–¿Con qué producto se queda usted
de su cocina cantábrica?
–El pulpo me pirra, el calamar, el chipirón...
Los pescados azules de primavera,
que traen el resurgir del aburrimiento
del invierno. Otra gente
es más de caza; yo soy más de crudo,
de marinado, de salteado a fuego vivo
y muy de grasa; la grasa me encanta.
Una almeja abierta a la brasa o un
berberecho. El chicharro, que en mi
casa era lo más apreciado.
–¿Qué le queda de la cocina de su
casa?
–Mi familia es muy vasca y eso marca.
–¿Qué dice su madre de su cocina?
–Cada vez la entiende menos. Mi
madre es muy tradicional. Mi madre
en la cocina es el valor del producto.
–¿Qué le corrige?
–No me corrige mucho, pero siempre
me da un paso atrás. «Si con una
cococha buena eso...» Y yo le digo: sí,
mamá, eso ya sabemos que lo hacemos
bien, pero vamos a darle un viaje
más...
–¿Qué es lo que sigue haciendo mejor
su madre que usted?
–La ensaladilla rusa que hace mi madre,
yo no la logro. Ella tiene paciencia,
yo voy más rápido, es la vorágine.
–¿Con cuántos proyectos está?
–Con el catering, La Pradera Campanal,
Ewan en Salinas y en Galiana.
–Cada proyecto es distinto.
–En La Pradera Campanal hacemos
la línea más tradicional, la que siempre
nos ha gustado hacer. Después,
en La Flor Galiana, con los hermanos
Gutiérrez, Carlos y Belén, donde
me encargo de la dirección gastronómica
y desarrollamos tapas y
bocados con un prisma tradicional y
con platos del mundo. En Ewan está
el Koldo más urbano, más ligero: surf,
skate, grafiti... Allí intento marcar el
alma de la ropa en la comida: sushis,
nigiris, rolls, ‘japo’, ‘thai’, influencias
peruanas...
–Y Koldo Miranda.
–Es el buque insignia. Donde desarrollo,
donde vengo cuando me canso
de todo. En esa plancha sé la temperatura
que hay cada minuto. Esta
es mi casa.
–Tradicional, tapas, estrella Michelin,
catering, versión urbana... ¿Qué
parte no tiene cubierta?
–La personal. Parece que siempre se
deja para lo último. A veces, también
es una válvula de escape.
–Los cocineros salen mucho en los
medios. Están muy expuestos.
–Sí es complicado. Todo el mundo
come y todo el mundo sabe de comida.
Pero eso ya no es el problema.
Cuando se enjuicia lo profesional no
está mal; el problema es cuando atacan
a la persona. Eso es mucho más
feo y eso sí afecta a tu vida como persona
y también a tu vida profesional.
Aun tratando de ser ejemplar en
todos los sentidos, la gente tira por
donde quiere y dice lo que quiere.
–Este último año ha sido difícil para
usted.
–Sí, se han dicho demasiadas cosas.
Pero me siento con fuerza. Todos estos
proyectos me han llenado de vida
y de ganas. Uno, al fin y al cabo, es lo
que hace. Y yo cocino. Así de claro.
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