Se cumple este mes de octubre el 75 aniversario del cese de las hostilidades bélicas en Asturias. Dos años más habría de durar la Guerra Civil en el resto de España («cautivo y desarmado el Ejército Rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado», rezaba el último parte firmado por Franco el primero de abril de 1939), aunque no está de más recordar que no será hasta 1948 cuando el bando declaratorio del Estado de Guerra sea derogado. Con motivo de tal efeméride son numerosos los artículos que, como este, echan la vista hacia el pasado, cada año que pasa menos reciente, y nos relatan los episodios más destacados del enfrentamiento en Asturias. Conviene, no obstante, incidir en que una de las peores características de una guerra civil es que desaparece la diferencia entre beligerantes y no beligerantes, entre civiles y militares, con la consecuente eliminación de cualquier salvaguardia para las poblaciones. A este respecto, resulta revelador un estudio realizado por el departamento de Historia de la Universidad de Oviedo que cifra en casi un millar los civiles que perecieron como consecuencia directa de los enfrentamientos bélicos. En este cómputo no se incluyen ni las muertes como consecuencia de enfermedades (aspecto que requeriría un análisis profundo) ni las víctimas objeto de prácticas represivas, sino aquellas cuya muerte fue resultado de heridas de metralla, explosión de bombas, etcétera.
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| Civiles muertos y heridos en la calle de Jovellanos, en Gijón, tras el primer bombardeo del 14 de agosto de 1936. :: e. c. |
Los bombardeos desde tierra, mar y aire sobre las ciudades más pobladas de la región (Oviedo, recordemos, en poder de los sublevados y Gijón, capital de la Asturias leal) concentran el grueso de las víctimas, principalmente mujeres y niños, si bien otros enclaves como las cuencas mineras y, desde septiembre de 1937, pueblos y villas del oriente tampoco quedaron a resguardo de los embates bélicos. La ofensiva final sobre Asturias se acompañó de una desmedida violencia y los constantes ataques de la aviación dejaron, amén de un considerable saldo de muertes, localidades prácticamente destruidas: Cangas de Onís, Infiesto, Colunga y Nava, por citar sólo algunas de las más afectadas. Hasta tal punto fue así que, en paralelo al transcurso de las operaciones de guerra, se libraría otra batalla, dialéctica esta vez, ‘disparando’ balas de papel y atribuyendo al contrario la responsabilidad en la destrucción que, con especial intensidad en el oriente, había efectuado la aviación facciosa. No está de más a este respecto incidir en la ‘valiosa’ colaboración que desde el aire prestó la alemana Legión Cóndor para allanar el avance de los sublevados hacia el corazón de Asturias. La participación nazi en el conflicto español al lado de las tropas de Franco había sido muy cuestionada sobre todo a raíz de los bombardeos sobre la localidad vasca de Guernica. La memoria de Guernica estaba aún muy vívida y la ‘gestión’ del desastre requería, habida cuenta de la dimensión internacional de la contienda española, una respuesta rápida y eficaz, entre otros medios, a través de la prensa. En Asturias, fue la pequeña localidad montañesa de Tarna, de apenas trescientos habitantes, la que concitó más ‘desencuentros’ semánticos, siendo su total reconstrucción, una vez finalizada la contienda, objeto de constante publicidad por parte del Régimen.
El dudoso carácter de objetivo militar de estas acciones atemorizaba aún más a una población ya de por sí sometida a los rigores y estrecheces de una guerra ‘total’ en la que todos debían contribuir al esfuerzo bélico, no sólo aportando cuantos medios tuviesen a su alcance (en la posguerra, llegado el tiempo de ‘depurar responsabilidades’ se vieron especialmente afectados aquellos a quienes se les atribuyó participación en la requisa de ganados o alimentos, por ejemplo), sino en el más difuso plano ideológico. O se estaba con un bando, o se estaba con el enemigo, y las políticas de medios dejaron de ser operativas. En las retaguardias, en absoluto instaladas en la tranquilidad que suponía saberse alejadas de los frentes (más o menos estabilizados hasta la ofensiva final de septiembre) la rutina diaria incluía largas colas para el avituallamiento y jornadas interminables en refugios improvisados para resguardarse de los ataques de artillería y aviación.
El miedo a lo que venía del cielo dejó honda impresión entre la población, siendo la memoria de los bombardeos la más vívida entre los recuerdos ‘de guerra’, la que encarna en el imaginario colectivo la violencia de las guerras y, especialmente, la guerra contra el civil. Más cuestionable resulta que cumplieran el objetivo de incitar a la población a exigir una pronta rendición a sus gobernantes, al contrario; al menos en Oviedo y en Gijón la reacción popular fue la de clamar venganza exigiendo la cuota de sangre de ‘desafectos’ retenidos como resarcimiento.
Acabado oficialmente el conflicto aún habría de incrementarse notablemente el número de fallecidos. Entre las víctimas de la guerra, no atribuibles directamente a la represión o a la lucha en los campos de batalla, merecen ser mencionadas las acaecidas como consecuencia de accidentes provocados por el abandono del material bélico sembrando por doquier a lo largo de la contienda. La ocultación de material no accesible a simple vista por hallarse cubierto de malezas o enterrado, la curiosidad infantil o aún la falta de pericia de quienes encontraban munición –fue frecuente para obtener un sobresueldo que se extrajese la trilita de los proyectiles para su venta posterior en el boyante mercado negro– ocasionaron un elevado porcentaje de fallecidos y heridos. Las corporaciones municipales tempranamente adoptaron medidas para paliar las devastadoras consecuencias que tan sensible material podría ocasionar. Fueron principalmente prisioneros encuadrados en Batallones de Trabajadores o señalados como desafectos quienes se ocuparon de las tareas de limpieza.
La normalización de la vida cotidiana mostró en toda su crudeza los estragos de un conflicto en el que definitivamente se abandonaron los planteamientos castrenses decimonónicos de lucha a campo abierto entre unidades militares y se ‘difuminó’ el concepto de retaguardia civil. La destrucción casi total de muchos pueblos acarreó un acuciante problema de vivienda que tardaría décadas en resolverse pese a la articulación de medidas por parte de los vencedores (Asturias fue incluida dentro del programa de ayudas a Regiones Devastadas).
Pero en la inmediatez del final, llegado el tiempo de la ‘pacificación’ (no hubo paz, sino victoria después de 1937) para muchos civiles tocaba darse bruces, más aún, con los desastres de la guerra. Sobre ellos recaería la ingrata tarea de dar sepultura a los cientos de cadáveres de soldados cuyos cuerpos yacían abandonados en campo abierto. Y aunque cada vez quedan menos testigos, aún hoy pueden dar testimonio de los numerosos enterramientos de milicianos desconocidos que salpican la geografía asturiana.


