Que treinta años no es nada

Autor: Marcelino González

Emulando el título de aquel viejo tango podríamos decir que treinta años no es nada. ¡Casi nada! Algo menos de once mil días. Y, sin embargo, después de transitar por la vida durante todo ese tiempo, convenimos en que, efectivamente, la existencia del ser humano es poco más que un soplo. Por eso parece que fue ayer cuando un 11 de marzo, seis lustros atrás, las pantallas asturianas estrenaban una película que llevaba ya entre sus señas de identidad un matrimonio, una comunión, con la tierra y los escenarios en los que se había rodado, los del Principado y, muy singularmente, con el paisaje y el paisanaje de Gijón.

Atrás quedaban un par de meses de cohabitación en la que filme y ciudad desarrollaron una estrecha relación que escribía sus páginas día a día, rincón a rincón, hasta desembocar en un auténtico sentimiento de amor mutuo. Una relación que tenía unos cimientos sólidos iniciados desde el mismo momento en que aquel menudo alborotador que se había hecho popular con un trío de películas generacionales que llegaban directas al corazón de quienes estábamos entre la veintena y la treintena aterrizó como un torbellino en nuestras calles y plazas.

Recuerdo cuando José Luis Garci, acompañado de su inseparable José Luis Merino, entró un día en la vieja redacción de EL COMERCIO con la intención de hacer a este periódico altavoz y colaborador inseparable de su proyecto: convertir a Gijón en referencia señera de un próximo guión. Pero no un libreto cualquiera, no. Se trataba de una historia de amor -¿hay algo más en el cine?- en la que, lejos de buscar un marco espacial abstracto para sus protagonistas, la ciudad se convertía en un personaje más, hasta el extremo de revelarse como parte indeleble del pasado, presente y futuro de los personajes, Antonio y Elena.

El primer contacto fue con el que era entonces director y alma máter del diario, Francisco Carantoña, que mostró inmediatamente su interés en colaborar más allá de lo habitual en estos casos con los ‘cómicos’. El fruto visible de aquellos primeros encuentros fue la edición de esa primera página-sábana que aparece sobre la mesa de la vetusta habitación del Hotel Asturias anunciando el retorno a su ciudad natal de Antonio Miguel Albajara, premio Nobel de Literatura.

Después vendría una estrecha relación en la que tuve la fortuna de intervenir más activamente que otros compañeros. Durante la localización de escenarios en las ‘ruinas’ del Somió Park (antes Ideal Rosales, como recuerda una vieja inscripción en el desgastado muro que serviría de telón de fondo a la pareja protagonista) o en bucólicos paisajes de la parroquia de Deva, trabajos en los que tuve la ocasión de estar presente para reflejar en las páginas de EL COMERCIO los avances que experimentaba el proyecto.

 











O aquellos almuerzos en Las Delicias en los que había tiempo para hablar de todo, de cine muy especialmente, en los que alguna vez participó también Gil Parrondo, asturiano, que venía rodeado de la aureola que le daba contar con dos estatuillas doradas de la Academia de Hollywood. Nunca se me olvidará una sobremesa en la que Garci, con esa seguridad casi profética que le caracteriza cuando habla de lo suyo, me puso de vuelta y media por una amplia reseña crítica que había publicado en este diario. Si la memoria no me falla, y creo que no, hacía referencia a ‘La jungla del asfalto’, la inolvidable película de John Huston. El realizador de ‘Asignatura pendiente’ se muestra siempre categórico al hablar de cine, y no sólo cuando lo hace del suyo. Lejos de la subjetividad inherente al análisis de cualquier creación, él se mostraba dueño y señor de una verdad absoluta capaz de refutar todos mis argumentos. Creo que todavía no le he perdonado que me pusiera como un trapo.





Pero, mientras, la empresa avanzaba y la película ya tenía a Gijón dentro. Y Gijón ‘su’ película. Porque, si es una realidad que nuestra ciudad ha sido en otras muchas ocasiones marco cinematográfico, estoy seguro de que si inquiriéramos de nuestros paisanos que identificaran un título con su paisaje urbano y rural, la respuesta unánime sería ‘Volver a empezar’

Muchas semanas de alegrías y sinsabores
Es cierto que se repitieron las críticas negativas a ese ‘paisajismo’, a tanta postal de quiosco como acumula la película de Garci. Pero también lo es que, tras su estreno en nuestras pantallas, en bares y plazuelas no se hablaba de otra cosa y el sentimiento generalizado era de satisfacción, incluso cuando el plano con el que se abre el metraje muestra el rostro descarnado de una urbe castigada por el urbanismo descontrolado amalgamado con los primeros síntomas del declive industrial. En el peor de los casos, el resultado originaba sentimientos encontrados entre la ‘simplicidad’ de la historia que contaba y el orgullo patrio de ver cómo un cineasta con vitola acababa de poner a Gijón en el mapa. ¡Y todavía faltaba lo mejor! Un año después, para fortalecer el chauvinismo local, ‘Volver a empezar’ –como todo el mundo recuerda- lograría el Oscar, siendo la primera producción española en alcanzar tal distinción.

Pero para lograr tal meta habían tenido que pasar muchas semanas de alegrías y sinsabores, de esos que son circunstanciales al mundo del cine: un día en que la lluvia no hacía falta, o algún otro en el que se la echa de menos; una toma que no acaba de cuadrar. En fin, cosas normales pero que cambian el humor de los responsables cuando se producen. ¡No estaba en el guión!

Egoístamente, conservo con especial cariño la sensación de aquel día de rodaje en el vestíbulo del Hotel Asturias en el que un grupo de compañeros hicimos nuestros pinitos ante las cámaras al ser aceptados como figurantes para representar solamente lo que éramos, periodistas. El objeto de deseo en la ficción era lograr las primeras declaraciones del hijo pródigo, aureolado con el galardón de Literatura de la Academia sueca. El escenario era reducido y los nervios estaban a flor de piel. El objetivo, recrear un ambiente creíble, dar vida a una situación en comunión con la realidad. Pero no era fácil entre profesionales… de otra cosa. Entonces, a alguien se le ocurrió rememorar una de las más representativas películas de entre las que tienen al cinematógrafo como marco general, ‘La noche americana’, de François Truffaut. En ella, cuando –como era nuestro caso- no se utilizaba el sonido directo, había que apelar a recursos ajenos a cualquier clase de guión para dar verismo a un diálogo inexistente. Y el camino elegido para construir esa sensación fue la relación acelerada de números. Nadie está afectado cuando desgrana sin orden ni concierto una sucesión de treses, ochos o unos. Y, dicho y hecho. El resultado, al parecer del regidor, fue satisfactorio.

Cerca de mí estaba Paco Pañeda, hoy en tareas informativas en TVE, así como el tristemente desaparecido Vegafer, fotógrafo todoterreno de EL COMERCIO. Fuera del ‘cast’ se quedo el también llorado Luis Bericua, que nunca fue capaz de darnos su perdón por no haberle avisado para integrar la nómina de figurantes, privándole de la oportunidad de “ganar un Oscar”, como tiempo después repetía una y otra vez lastimosamente.
Más allá de la condición de exiliado del protagonista, todavía estaban demasiado cercanos en el imaginario de los españoles los tristes sucesos de algo más de un año antes, cuando la intentona golpista del 23 de febrero de 1981 estuvo a punto de quebrar la jovencísima democracia española. Garci lo tenía presente y así se desprendía a menudo de sus palabras. Por eso no pudo evitar hacer su particular guiño al Rey, incorporando al guión, auténtico punto fuerte de su actividad, una conversación telefónica entre Albajara y Don Juan Carlos con la que el cineasta se mostró partidario de rendir homenaje al papel de la Monarquía en aquel preciso momento.

Con las cámaras en El Molinón
Fueron semanas intensas en las que algunos tuvimos el privilegio de servir de notarios casi a diario de los avances y dificultades del proyecto. Uno de esos instantes fue cuando el director trasladó sus cámaras y equipo a El Molinón para recoger imágenes de un encuentro entre el Sporting y el Atlético de Madrid, el verdadero equipo de Garci, pasión disimulada a veces con el tópico de su corazón rojiblanco. En el palco, junto a un jovencísimo Manuel Vega-Arango, se encontraba aquel curioso personaje que presidió el equipo ‘colchonero’, Alfonso Cabeza. El fútbol, otra pasión del cineasta madrileño, se convirtió en otra de las líneas motrices de su historia. Albajara había sido “medio centro” (entonces no se llevaba todo eso de pivotes, carrileros, pasadores, rombos o cualquier otra figura geométrica). Y bueno, al decir de sus viejos compañeros. Y estos le organizaron una comida de homenaje en Mareo, lo que dio oportunidad de juntar alrededor de una mesa, aparte de al propio Vega-Arango y a los actores principales, a Vicente Miera, a José Manuel Díaz Novoa, al inexpugnable Antonio Maceda, al genial Tati Valdés, al mítico extremo ‘Pachu’ Sánchez o a otro histórico, éste de los años veinte, Corsino.

Pero todo lo bueno tiene también su final y el director gritó el tradicional  ¡Coooorteeeen! para poner fin a la última toma, sellando así el corolario de una relación de afecto y complicidad que se reforzaría más adelante con el estreno en las pantallas asturianas y, muy especialmente, cuando en una madrugada de abril del año siguiente, en el Dorothy Chandler Pavillion de Los Ángeles, el mágico sobre que encierra con doce candados el ansiado resultado se abrió para proclamar que la ganadora en el apartado de mejor película de habla no inglesa era ‘Volver a empezar”, de José Luis Garci, de España. Hasta ese día sólo nos habían mantenido despiertos hasta altas horas de la madrugada los raquetazos de Santana, Gisbert, Arilla o Couder en las lejanas pistas australianas. Para entonces, el cineasta y Gijón habían firmado un matrimonio como los de antes, para toda la vida.