Pilar Manjón
Asociación 11-M Afectados del Terrorismo
Fotos: J.R. Ladra / M. Jara
Pilar Manjón (Plasencia, Cáceres, 1958) es, desde hace diez años, la cara y la voz de las víctimas del 11-M, una especie de símbolo del dolor de todo un país. A su rostro amable se han ido asomando los costurones y las marcas de tanto tiempo en primera fila. Ella lo reconoce abiertamente y desde el principio, como una carta de presentación. «Yo ya no soy la misma persona del 10-M. Nunca volveré a serlo. La vida me rompió la espalda y, desde entonces, el mañana es siempre incierto. El futuro no existe», comenta.
Pilar teme en estos días la avalancha de imágenes y de recuerdos, una marea que embiste contra su menuda figura cuando el calendario descubre el mes de marzo. Y, lo que es peor, la inquina de quienes han marcado en rojo la fecha del aniversario para atormentarla. Durante ocho años, dos policías nacionales se turnaron para escoltar a Pilar Manjón y evitar así que las amenazas de muerte se convirtieran cualquier día en otro suceso. «Me quitaron la escolta de un día para otro. ‘ETA ya no mata’, me dijeron en Interior. Por estas fechas me vuelven a llegar las amenazas de muerte, a golpe de corneta. ‘Tu hijo está bien muerto. Por roja’, me dicen. Y envían a mi correo mensajes con fotos de cadáveres destrozados en primer plano. No están locos, no. Son cabezas que se creen con el derecho de insultar a una madre», confía.
Extremeña de origen, una tierra donde el luto forma parte del paisaje y de una cultura ancestral, Manjón siempre niega que use prendas oscuras en memoria de su hijo Daniel. «Yo visto de negro, pero no estoy de luto. No. Le prometí a mi niño que vestiría este color hasta el día en que dejaran de morir personas en la guerra que me lo mató. Larga me la fié... El pasado 20 de diciembre mi hijo cumplió 30 años. Yo lo parí, me lo han matado, pero en mí está vivo. Por eso hablo de él en presente, como si todavía estuviera conmigo».
Hoy, si pudiera, cuenta Pilar Manjón, regresaría atrás para vivir más despacio, para saborear cada momento de compañía con los suyos, para detenerse en esos actos cotidianos y sencillos a los que ella, madre separada, tuvo que renunciar por la necesidad de hacer más y más cosas. «Iba todo el día corriendo; ya sabe, esas cosas que hacemos las madres...», cabecea. «Hoy me he hecho de piel muy sensible. Y no discrimino el dolor: las víctimas del tren de Santiago o del Airbus o los pasajeros del Metro de Valencia.
Todas me importan lo mismo. Hoy tengo más empatía, aunque sensible he sido siempre. Se me ha agudizado más esa parte de mi carácter: la solidaridad, el ponerme en el lugar del otro... Siempre pienso, al oír esas noticias, ‘ay, cuando suene el teléfono en esa casa’... Ahora me rozan muchos las cosas, todo el dolor me llega».
Cuando pasen estas jornadas tan amargas, Pilar Manjón desaparecerá de Madrid. Se irá a Cáceres, a su tierra humilde y sencilla, a perderse entre dehesas y parques naturales, y, allí, contemplando el vuelo de las cigüeñas negras junto a las peñas del Tajo, oirá de nuevo las carcajadas de Daniel, como siempre, como el primer día.
«Mi vida se paró a las 7.39»
Ángeles Pedraza
Asociación de Víctimas del Terrorismo
Ángeles Pedraza (Montilla, Córdoba, 1957) se esmera en sacudirse de encima esa especie de coraza de distanciamiento y frialdad que parece surgir en su esfera pública, su imagen más reconocible. «Parezco la Dama de Hierro. Pero he debido aprender a ser fuerte. No hay otra», dice. Sin embargo, no es así.
A poco que se rasque, tras esa imagen de gestora implacable asoma una mujer cordobesa, otra madre divorciada, que hace diez años perdió un tesoro: Miryam, 25 años, recién casada. Y podrían haber sido dos si su chico, que debería haber viajado en el mismo tren que su hermana, no se hubiera quedado dormido aquella mañana de marzo.
«Desde aquel día vivo otra vida. La que tenía ya no existe. Se paró a las 7.39 del 11 de marzo. ¿Cómo me tratan los demás? Ya no se habla del 11-M. Algunos ni se acuerdan. Otros, si pueden, aprovechan para hacerme daño. En familia, basta con mirarnos: todos sufrimos, cada uno con una intensidad. Los amigos son quienes me dan más fuerza. Luego hay quienes creen que no sufro, que ni preguntan... y lo echo de menos», cuenta.
Su hija Miryam, dice, está presente en «cada minuto» de su existencia, es una presencia constante, aceptada, ritual y rutinaria. «Aunque no la vea... siento su piel, recuerdo perfectamente su tacto. Me gusta. Me gusta percibir que está siempre a mi lado...», susurra. En su hija había puesto Ángeles Pedraza Portero sus esperanzas de recuperar, como abuela, tanto tiempo perdido en ese sinvivir de tantas mujeres como ella, trabajadoras, cuarentonas, divorciadas, que tuvieron que existir a la carrera, siempre sin aliento, hurtándole una caricia a la vida para meter una hora más en el trabajo. «Pero está mi hijo», suspira esperanzada. «Ya que me quitaron el derecho a tener un nieto de mi hija, me encantaría ahora tener otra Miryam. A ver si mi hijo se decide a hacerme abuela. ¡Para disfrutar, por la alegría de criar a una persona sin el deber de tener que educarla!», sonríe, sintiéndose ya una de esas yayas que malcrían y toleran...
«No es dañino el recuerdo. No. Me alegra. A las doce y un minuto del día 21 de agosto, todos los años, corro a felicitar a Miryam por su cumpleaños. Y hablo con ella. Y hago las mismas cosas que hacíamos juntas... ¿Qué he descubierto? Que hay que decir a las personas que las queremos. Que decirlo no es un drama. Hoy intento ser mejor persona. Creo que es lo único que merece la pena. Por eso me gusta el contacto con la gente: quisiera que no me vieran como a una presidenta sino como una madre a la que han asesinado una hija», repite.
La próxima semana, por décima vez consecutiva, Ángeles Pedraza iniciará de nuevo el recorrido de cada marzo. «No es un viaje doloroso. Lo vas asimilando. El dolor es peor quince días antes, cuando le das vueltas a lo que sucedió. Aunque muchos se hayan olvidado de lo que ocurrió, de que hubo 191 muertos y miles de heridos, yo sigo sin entenderlo. Esos días me veo muy sola», admite. «Tirando del carro en el Universo».