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| Muertos y heridos en plena calle. / Constantino Suárez |
“El fascismo odia Asturias con odio de exterminio. De ella dice que no le interesa más que el solar. Por eso, si alguien en una monstruosidad de egoísmo se atreviera a pensar que liquidada la guerra del Norte se terminaría en toda España y él volvería a su vida normal, merece que lo fusilen una vez por traidor y otra vez por idiota. En el caso improbable de que le conservasen la vida, sabría inmediatamente lo que es arriesgarla en el campo raso contra la metralla, sirviendo de parapeto vivo”. Con estas palabras, la Federación Socialista Asturiana arengaba a los combatientes desde su diario oficial al inicio de la batalla de Asturias. En septiembre de 1937, los partidos políticos asturianos estaban convencidos de que si lograban resistir la primera embestida del ejército franquista, el frente se estabilizaría y Asturias podría resistir como había hecho Madrid.
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| Ruinas del Palacio de Revillagigedo. / C. Suárez |
La República confiaba en que el sacrificio de la región que había alumbrado la Revolución de 1934 atascase al ejército de Franco el tiempo suficiente para cambiar el curso de la guerra.
El alto mando nacional también sabía que para concentrarse en su avance hacia la capital tampoco podía dejar en el Norte un foco de resistencia. Hizo avanzar a sus tropas desde Asturias por el Sur, el Oeste y el Este, con una maniobra de tenaza que unida al bloqueo naval dejó aislada a la región.
Desde que el ejército bajo el mando del general Fidel Dávila inició su ofensiva, Asturias quedó prácticamente aislada. Condenada y abandonada a su suerte por el Gobierno republicano, a juicio de los políticos asturianos más críticos, que consideraban que el Estado, concentrado en otros frentes, había exigido a la región que resistiera hasta el final con pocos más recursos que su propio heroísmo. El propio coronel Adolfo Prada, jefe del Ejército del Norte, se lamentaba de la carencia de material bélico en su último informe sobre las causas de la derrota. El material de guerra que conseguía llegar al puerto de El Musel era escaso y en muchos casos ineficaz. Proyectiles que no se correspondían con la artillería disponible, artillería incapaz de contrarrestar la empleada por el enemigo... Y soldados a los que se enviaba al frente con diez días de instrucción en el mejor de los casos. En estas circunstancias, los partidos políticos asturianos autoproclaman el Consejo Soberano de Gobierno que asume todos los poderes hasta que “a la vista de los acontecimientos favorables que se produzcan en el curso de la
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| Reunión del Gobierno asturiano. / Constantino Suárez |
guerra” decida “despegarse de sus funciones”. Este hecho favoreció que, perdida la región, las autoridaes republicanas dejasen caer buena parte de las culpas sobre las propias instituciones regionales, por más que la desesperada resistencia se prolongase mucho más de lo que los sitiadores habían calculado y los actos heroicos de algunos de los comandantes de primera línea rozaran la inmolación.
Por eso, al término de la batalla de Asturias, Franco exhibió la victoria como uno de sus grandes logros hasta la fecha. “El frente Norte estaba cayendo trozo a trozo y sólo quedaba Asturias, que si a los españoles blancos les rememora la fe de un pueblo, a los españoles rojos les significaba el baluarte de la revolución rusa, el reducto del comunismo, de los hombres más afamados del campo rojo”. Así describía el Caudillo desde Burgos al enemigo vencido. Para la propaganda nacional, la caída del Frente Norte significaba “el inminente
desplome de la resistencia roja”. La República no podía dejar de reconocer que la derrota en Asturias había supuesto un serio revés. Sin embargo, la necesidad de mantener alta la moral de quienes todavía combatían hizo que tratase de quitarle importancia. “Nada fundamental para
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| Voladura de la iglesia de San José. / C. Suárez |
el final de nuestra guerra se ha resuelto en las campañas del Norte”, aseguraba Unión Republicana dos días después de la entrada en Gijón de los sublevados. En cambio, para el bando nacional, la que definió como batalla “por la liberación de Gijón” era un paso fundamental en su estrategia de guerra, sobre todo porque estaban convencidos, según recogía uno de los corresponsales que acompañaba a las tropas franquistas, de que “el ejército de Belarmino Tomás pensaba en una resistencia que pudiera prolongarse meses y aún años”.





