Mª Antonia Celadilla Álvarez

"Me di cuenta de que tenía que dar el paso por mi hija"


Texto: INÉS DOGGIO GARCÍA
Fotos: AURELIO MENÉNDEZ


Siempre le dicen que es seria, que impone respeto, pero ella siempre tiene a mano la ironía. Ni siquiera cuando habla de alguno de los peores momentos que ha vivido. Toñi nació en una familia humilde. “Y machista, por supuesto”, recalca. Asegura que en su hogar el machismo no era solo cosa de los hombres. Vivía con sus dos hermanas y dos hermanos, sus padres, su abuela materna y sus dos tíos solteros. Para ella, lo natural entonces eran cosas que hoy piensa y le escandalizan. Pero cuando era una niña, aquella manera de vivir la parecía absolutamente normal. Que fueran las mujeres de la familia quienes realizaban muchas tareas que estaban reservadas para ellas dentro y fuera de casa. Si su madre o su abuela no podían ir a la cuadra, estaba claro que ningún hombre iría. Le tocaba a ella o a sus hermanas. “Nunca vi a mis hermanos ordeñando”, rememora.







Con el paso de los años se ha dado cuenta de lo que aquello suponía. Del mismo modo que ahora percibe con nitidez lo que fue su matrimonio durante casi doce años. Una verdadera situación de maltrato psicológico. Pero era lo que conocía. “Ocuparme de mi casa era lo que había vivido siempre y lo que me habían enseñado”. Toñi se recuerda como la “típica” ama de casa que se dedicaba a cuidar de su familia. Su marido era el encargado de llevar el dinero a casa. “Y por eso se creía con derecho a saber en qué y cómo se gastaba. En definitiva, a mandar”. Mientras su hija fue pequeña, Toñi aguantó todo. Creía que si se separaba de su marido sería traumático para la pequeña. Temía sacarla de casa. Hasta que con el tiempo se convenció de que eso era precisamente lo que tenía que hacer. “Me di cuenta de que tenía que dar el paso por ella”. Cuando su hija tenía nueve años, Toñi dijo “basta”. Pidió el divorcio y comenzó su nueva vida. Nunca había trabajado fuera de casa y cuando lo habían intentado, su marido se encargaba de preguntarle, “¿Tú adónde vas sin estudios?”. Pero a María Antonia Celadilla Álvarez “no se le caen los anillos”. Es una mujer trabajadora, dispuesta afrontar todo lo que se le ponga por delante. Ya separada comenzó a estudiar para tratar de incorporarse al mercado laboral. Lo dejó cuando vio un anuncio de un curso para vigilantes de seguridad de la Fundación Mujeres en Gijón. Había 15 plazas. Ni corta ni perezosa, se presentó. Así inició una andadura profesional en la que ya lleva quince años. Pero sus comienzos no resultaron sencillos.





Perfil

Mª Antonia Celadilla Álvarez
54 años
Trabaja como vigilante de seguridad
Nacida en Cornellana, en la actualidad vive en Arriondas y disfruta de su autonomía, su hija y tesoro hace ya un tiempo que se mudó


Entró a trabajar en una empresa con varias sedes en Asturias. Su primer destino fue Pola de Siero. Allí permaneció tres años. Hasta que fue trasladada a Gijón, “donde también estaba muy contenta”. Aunque en aquel momento no resultaba nada sencillo para una mujer integrarse en equipos en los que la mayoría eran hombres. Sin voz ni voto, sus compañeros no contaban para nada con Toñi. “Incluso hicieron un cuadrante en el que yo trabajaba un día más a la semana”. Aún recuerda lo que ocurrió cuando salvó la vida de un hombre al que le había dado un infarto en la empresa donde estaba destinada. El cliente envío unas agradecidas felicitaciones al responsable de la empresa de Toñi en Oviedo. Los elogios le fueron trasladados, pero al cabo de un tiempo, cuando el gerente de enteró de que ella iba estar destinada en la sede de Oviedo, “dijo que allí no quería mujeres vigilantes”. Toñi había salvado una vida, había evitado muchas peleas, pero no había conseguido derribar el muro del prejuicio. “Aquello me pareció machista a más no poder, me hizo sentirme muy pequeña, pero también sabía que no tenía nada por lo que agachar la cabeza”. “El sí tiene de qué avergonzarse y como él, muchos clientes de empresas de seguridad que piensan de la misma manera”. Ella sabe que es perfectamente capaz de realizar las mismas tareas que sus compañeros y no entiende que aún existan diferencias a la hora de valorar su trabajo en pleno siglo XXI. “Pero esto viene de atrás y no nos acabamos de concienciar de que somos exactamente iguales y tenemos los mismos derechos”. Es consciente de que muchos hombres se siguen sintiendo superiores en el aspecto físico y psicológico. Y no encuentra otra razón que la educación. “Nos criaron así, de generación en generación, por eso hay que seguir luchando”.

“Ocuparme de mi casa era lo que había vivido siempre y lo que me habían enseñado”

En su trabajo, la gran mayoría son hombres. En España, solo el 13% de los 80.000 vigilantes de seguridad que existen son mujeres. Aunque cree que gran parte del problema lo generan las empresas que les contratan cuando reclaman un perfil de un “hombre grande y fuerte que defienda su empresa”.

Ella sabe que no todo en su trabajo se basa en la capacidad física. Tan necesarias como la fuerza son la intuición, la capacidad de negociar, la serenidad y la mano izquierda. Pero en muchas ocasiones se ha sentido despreciada o atacada por ser mujer. La agredieron tres veces, “las tres por la espalda, es llamativo”. Y también tuvo que escuchar respuestas como “eso no me lo decías cuando estabas de rodillas….”. Esa es una de la frases que, reconoce, se le han quedado más grabadas. “A mis compañeros, hombres grandes y fuertes, esas cosas no les pasaba. Yo soy débil por ser mujer…”, remacha con clara ironía. Pese a su fortaleza, reconoce que al principio le afectaba a mucho. “Llegaba a casa y me hartaba de llorar”. Con el tiempo ha aprendido “a pasar de la gente”.

“No nos acabamos de concienciar de que somos exactamente iguales y tenemos los mismos derechos”

Y pese a todas las dificultades con las que se ha encontrado, actualmente trabaja en un hospital y está “encantada”. Ha logrado el objetivo que se había marcado. Se la percibe segura, con las ideas claras y la fortaleza de quien ha recorrido un camino difícil.

Sin embargo, cree que aún deben cambiar muchas cosas respecto a la situación de la mujer. Para empezar, la regulación del aborto. De su matrimonio recuerda que siempre fue ella quien se tuvo que responsabilizar de los métodos anticonceptivos, como si los hijos fueran solo cuestión suya. “El no se preocupaba por nada”, lamenta. También en la educación, “durante la que siempre se habla de hombres y hombres, en lugar de hombres y mujeres”.

“Gran parte del problema lo genera el cliente, que pide un hombre grande y fuerte que le defienda su empresa”

Toñi cree que la vida de los hombres es, sin duda mucho más fácil. Desliza que tal vez en otra vida hubiera preferido ser hombre. Pero cuando lo piensa con detenimiento, cambia de opinión. Desde su punto de vista, lo mejor que le puede ocurrir a una persona en la vida es ser madre. Y eso no lo cambia por nada. Incluso aunque la peor experiencia de su vida la viviera por ser mujer. Pero precisamente por su hija, “esa parte de mi vida me la llevaré a la tumba, para protegerla”.




MUJERES REALES

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