Kim Ahn

"Si yo no soy diferente, ¿por qué me hacen sentirme así?"


Texto: INÉS DOGGIO GARCÍA
Fotos: DAMIAN ARIENZA


Kim es una mujer aparentemente seria y muy tenaz, pero lo más importante para ella es que a pesar de todo lo que ha vivido es feliz. En sus 41 años de vida se ha tropezado con personas “muy buenas, pero también muy malas”. A los tres años se encontró viviendo en Bembibre, León. Su madre y su padre, vietnamitas, se vieron obligados a abandonar su país por la guerra después de que su padre se hubiera pasado seis años combatiendo.







Ella explica con casi con cierta vergüenza que su infancia estuvo marcada por las carencias, viendo a las niñas y niños de su alrededor con cosas que ella no tenía, desde juguetes a una simple galleta. Aún así, ella quiere recordarla como una época feliz. Hasta que en el relato de su infancia llegan los momentos más duros. Kim desprende fuerza, pero no puede disimular el sufrimiento. “Mi madre padeció malos tratos durante mucho tiempo. Palizas tremendas. Eso te marca desde pequeña”. Reconoce que sentía vergüenza de lo que estaba ocurriendo en su casa e intentaba ocultarlo “porque en aquellos momentos la gente no estaba concienciada”. “Tenía cinco años y venía la Guardia Civil a mi casa a decirle a mi padre que no le pegara en la cara, que le pegara donde no se viera”. Kim, o Ana, como la llaman en su pueblo, llegaba a pensar entonces que lo que hacía su padre no estaba tan mal.

Su adolescencia no fue más sencilla. Cuando salió de su hogar y se fue a León a estudiar, “no veían a la persona, veían la raza”, relata Kim sin entender por qué. “Huy, una china, qué raro, qué extraño. Esta chica, ¿qué hace aquí? ¿Viene a vender rosas?”. Son algunas de las frases que recuerda de su paso por la Universidad.





Perfil

Kim Ahn
41 años
Camarera
Nació en Vietnam
Con tres años se mudó a Bembibre (León). Vive en Gijón con su pareja desde hace dos años


Más a adelante, en el mundo laboral las cosas tampoco fueron fáciles, pero Kim ya se empezaba a tomarse las cosas de otra manera, incluso con cierto humor. A ella siempre le preguntaban por sus papeles, algo que sabía que no era común en las entrevistas de trabajo a otras mujeres. Escuchó muchas propuestas de trabajos de doce horas con contratos de cuatro horas y aún no ha olviado cómo al rechazarlos ha sufrido la humillación de escuchar que “los extranjeros no quieren trabajar”. Aún así, ella está orgullosa porque una vez que empieza a trabajar y la conocen, no tiene ningún tipo de problema, “al contrario”.

“Cuando salgo de trabajar y voy a tomar una caña no me dejan pasar porque no se pueden vender rosas ni CDs”

Cuando hace dos años se mudó a Gijón con su pareja, se encontró con lo mismo. “Yo pensaba que en estos tiempos ya no iba a ser para tanto, pero sí, por desgracia la historia se repitió. Tristemente, no avanzamos nada”. Por no hablar del momento de buscar piso. La pregunta de siempre: “¿Cuántas personas vais a vivir ahí?” “Vamos a ver, yo estoy preguntando por un apartamento de una habitación, o sea, que muchas personas no pueden estar”, señala la evidencia. “Te dan ganas de contestarle: pues mire voy a montar un taller clandestino”. Las situaciones racistas que ha tenido que afrontar han sido incontables. Y a pesar de todo, Kim relata sus vivencias con una sonrisa en la cara. “Cuando salgo de trabajar con la bolsa del uniforme y voy a tomarme una caña no me dejan pasar porque no se pueden vender rosas ni CDs”.

Kim explica que, como a cualquier otra mujer, ha tenido que escuchar “burradas” por ir por la calle con una falda corta o con escote. “Aunque también oigo muchos comentarios en plan ‘vete a tu país’. Con eso se enfada más mi gente que yo”. Su gesto refleja el cansancio de lo habitual, aunque ella intenta dejar todo eso de lado para seguir adelante.

“Yo no quiero tener ventajas por ser mujer. Quiero ser igual que un hombre”

Kim cree que las mujeres viven con evidentes desventajas situaciones tan simples como caminar solas por la calle. Reconoce que ha llegado a sentir miedo cuando la han seguido. “Decirle claramente no, decirle claramente me estas molestando y me seguía, me seguía, me seguía, hasta que era yo quien tenía que irme. Una situación así te hace sentir mal, llegas a pensar si eres tú la que estas enviando las señales equivocadas, pero en realidad estás diciendo que no claramente”. Kim no oculta que estas situaciones le provocan fobia y repulsión.

También ha sufrido el machismo. Recuerda lo frustrada y enfada que se sintió cuando hace poco tiempo fueron a arreglar su lavadora. A pesar de ser ella la que explicaba el problema, el técnico solamente miraba y hablaba con su novio. “Me dieron ganas de decirle, te estoy hablando yo. Pero ya al final dices mira, no voy a perder los papeles ni la educación. No sé si piensas que yo no te voy a entender, pero vamos que yo te estoy hablando en un perfecto castellano”. Kim intenta sonreír al contarlo, pero se nota lo mucho que lógicamente le molestan este tipo de situaciones. Para acabar con ellas tiene claro que la única solución es educar en igualdad. Ella se crió viendo como las chicas se tenían que ocupar de las tareas del hogar y ellos no. “Al final acabas pensando que es lo normal, pero a pesar de eso yo no he dejado de hacer cosas porque se me haya dicho que no. Simplemente he visto que puedo y lo he hecho”. “Yo no quiero ventajas por ser mujer. Yo quiero ser igual que un hombre. Quiero tener los mismos derechos, las mismas obligaciones, las mismas ventajas que un hombre, porque soy capaz de superar lo mismo que puede superar un hombre y un hombre es capaz de superar lo mismo que una mujer”, sostiene. Por eso le parece tan importante el feminismo aunque, cree “una pena” que aún se tenga que luchar por la igualdad.

“No he dejado de hacer cosas porque me hayan dicho que no. Simplemente he visto que puedo y lo he hecho”

Como ella dice, pelea “por los problemas típicos de ser mujer y también por ser de fuera”, una doble discriminación. No entiende por qué, pues ella todos los días va a trabajar y al salir, si puede, le gusta tomarse una caña. Su aspiración no es otra que llevar una vida tan normal como cualquier otra persona de la ciudad en la que vive. Pero nadie es de piedra y Kim lleva una mochila que en ocasiones pesa mucho. “El problema de lo que sufres es lo que te queda a ti dentro. Hay días que te levantas y dices hoy me como el mundo, y te digan lo que te digan, te da igual. Pero hay días que te levantas ‘plof’ y a la mínima te hacen daño. Y pienso, si yo no soy diferente, ¿por qué me hacen sentirme así? Me hacen sentir diferente. Si yo estoy totalmente integrada, ¿por qué os parece mal que lo esté?”. A pesar de su esfuerzo por mantener la sonrisa, Kim no puede ocultar la emoción de sus ojos cuando hablar de “las cosas del día a día por las que tienes que luchar y que se hacen tan cansinas... Y dices otra vez, venga.”

Sabe que no hay una solución mágica que acabe con este problema. “Hay que seguir hacia adelante y valorarse a una misma”. Tener dignidad y fuerza, y respetar a los demás lo mismo que le gustaría que la respetaran a ella. Esa es su fórmula.




MUJERES REALES

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