Nayra González Álvarez

"Mi marido es muy ‘pro igualdad’. Quiere darles lo mejor a los críos y él siempre colabora"


Texto: INÉS DOGGIO GARCÍA
Fotos: MARIO ROJAS


La energía que desprende la transmite con su facilidad de palabra. Seria, reflexiva, no oculta lo importante que es para ella la justicia. Y no tiene ningún problema en contar cómo es el día a día de una abogada que tiene su propio despacho y debe estirar las horas para cuidar de sus hijos. Nayra González se siente hija de una clase media que ahora cree desaparecida. Su madre es empleada de hogar, su padre, obrero. Un matrimonio para el que su mayor y más importante inversión fue la educación de su hija. Su objetivo no era otro que conseguir que Nayra pudiera estudiar Derecho, como ella quería. Fue su madre quien más se ocupó de ella y de buena parte de las cosas de casa, pero no cree que fuera tanto por los roles de género como por el trabajo que tenía su padre, obligado a realizar frecuentes viajes. El pasaba muchas horas fuera de casa. Nayra recuerda que en más de una ocasión le vio desmoronarse y llorar. “¿Y qué? ¿Un hombre no puede llorar?”.







Gracias a los estudios que tanto esfuerzo costaron a toda la familia, Nayra tiene ahora un despacho de abogadas junto a una amiga. “Y soy la madre de dos niños de 6 y 4 años para los que soy yo para casi todo. Como soy la que tiene flexibilidad de horarios…”, dice con ironía y una sonrisa en la cara. “Mi marido es un padrazo y colabora”, añade a continuación. “Es muy ‘pro igualdad. Quiere darle lo mejor a los críos. Los días que hay piscina es él quien hace la cena y no porque yo le diga nada. Y para mí eso es lo normal. Es lo que siempre vi en mi casa. Yo no tengo una chica en casa que me planche o me haga la compra”, explica. Su día a día, pasa porque toda la familia eche una mano, incluida su madre, recuerda, que es la que sale al quite cuando, por ejemplo, a ella se le olvida algo de la compra.





Perfil

Nayra González Álvarez
35 años
Abogada
Nació y vive en Oviedo con su marido y sus dos hijos de 6 y 4 años


Y a pesar de todo, sus jornadas son agotadoras. La conciliación le suena casi como un sinónimo de utopía. Nayra se levanta a las siete de las mañana. Hace la casa mientras les da el desayuno a sus hijos y se prepara para ir a trabajar. Los deja en el colegio, se va al despacho, “y si tengo juicios no te quiero ni contar”. Su día a día transcurre muy rápido, esperando que no haya tráfico para cumplir el horario que se ha marcado, recurriendo en ocasiones a su madre cuando toca prolongar la jornada… De camino a casa, alrededor de las nueve de la noche, piensa lo que toca para la cena. “¿Pescado? ¿Cuántos huevos llevan esta semana?”. Hecha la cena y acostados sus hijos, aún aprovecha para seguir con alguna tarea pendiente. Nunca se va a dormir antes de las doce de la noche. Y algunos días pensando si se le habrá olvidado poner una lavadora. Todo esto, reconoce que a veces es agotador y le supone "mucha carga mental", y ha encontrado un apoyo para seguir adelante en su mejor amiga “ella también es abogada, y como yo con dos hijas, me da mucha fuerza”.

“Me da respeto ir sola por la calle. Ahora rara vez voy de noche sin mi marido y no salgo hasta altas horas”

Nayra cree que las empresas lo tienen más fácil para encontrar fórmulas que faciliten la conciliación, pero asume que en su situación no resulta nada sencillo. Pese a todo, su vida está muy, muy lejos de la situaciones que se encuentra como abogada. Está harta de ver casos “sangrantes”. Le duele solo recordar cómo las mujeres relatan los casos de violencia de género, su manera de expresarse e incluso cómo manifiestan físicamente el sufrimiento al que han sido sometidas. “Se las ve constreñidas, a la defensiva, con una mezcla de vergüenza y miedo”. Nayra está convencida de que la raíz de este problema está en la educación y le preocupa el gran número de chicas jóvenes que padecen esta lacra, pero aún más la cantidad de mujeres “que viven este infierno en la sombra a pesar de la época en la que estamos”.

Personalmente, ella no ha sufrido más que lo que considera los problemas habituales para cualquier mujer, como algún compañero “que te manosea sutilmente”, lo “típico” de que silben o giren la cabeza cuando pasas por la calle. Nayra reconoce incluso que le da respeto ir sola por la calle durante la noche y que ahora raramente va sin su marido.

“No daba crédito a que un amigo de mi edad me reprochara que le comprara una cocinita a mi hijo”

También en el ámbito laboral cree que se mantiene la desigualdad. Un ejemplo, las entrevistas de trabajo. Antes de tener su propio despacho vivió situaciones poco gratas, en las que sintió que se le estaba prestando más atención a su género que a su perfil profesional. Señala que las mujeres siguen quedándose con los puestos de trabajo más precarios aún cuando su formación es igual que la de los hombres. “Hay mujeres muy, muy cualificadas que ven como se elige antes a un hombre solo por el hecho de ser hombre”, lamenta. También critica la práctica de establecer para las mujeres unas exigencias físicas. Se nota que es un tema que le molesta, incluso que le enfada, aunque cree que también en el plano social las cosas han cambiado bastante. “Poco a poco y con la presión se van consiguiendo logros. Todavía queda ese poso social que marca que por el hecho de ser mujer tienes que aportar ese plus de arreglarte, destacar e ir un paso por delante en sentido estético.

“Lo radical no favorece a nadie, ni en nada”

Inconscientemente, creo que en nuestra sociedad todavía se siente ese poso en general”, señala. Sin embargo, ella se siente muy liberada respecto a estas exigencias. “Cuando tienes críos cambia todo. Yo a veces voy al despacho sin maquillar y no me obsesiona, he llegado a ese punto. Si no me maquillé, pues no me maquillé. Y si no me dio tiempo a peinarme con el secador, pues me hago una coleta y me da igual”. A pesar de todo, cree que la sociedad está cambiando, con avances que le parecen importantes. Lo aprecia en hechos que se van sucediendo, como el hecho de que una gran marca elija a un niño con síndrome de Down para realizar su campaña, o los cambios en los catálogos de los juguetes para los niños. Ella ve cómo su hijo ha comenzado a pedir muñecas y cromos de color rosa para poder intercambiarlos con sus amigas, y cómo disfruta jugando con una cocinita. “Y a mí en ningún momento se me pasaría por la cabeza hacerle cambiar de idea”. Aunque reconoce que también le ha sorprendido que algún amigo le reprochara que permitiera esos juegos a su hijo. “Y yo no daba crédito, porque es una persona de mi edad…”.

Nayra está convencida de que la sociedad continuará cambiando. Ella lo tiene claro. “¿Cómo no voy a estar de acuerdo con un movimiento que lucha por la igualdad?” Aunque a ella no le gusta hablar de feminismo ni machismo, sobre todo “cuando con ello se mezcla la política”. Opina, en todo caso, “que lo radical no favorece a nadie, ni en el machismo, ni en el feminismo, ni en nada”. A ella, explica, le da igual el partido al que pertenezcan las personas, su clase social o la nacionalidad. Entre sus amigos, incluso entre su familia, ha tenido personas extranjeras. Incluso un vecino con el que tiene una relación muy cordial. En ese sentido, tiene muy claros principios. Al igual que sobre su vida, en la que a pesar de todas las dificultades, no cambiaría nada: “Me gusta”.




MUJERES REALES

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