Con Berta y con Mandela
Se codeó con las grandes personalidades del siglo XX, pero de su casa al Dindurra, apenas cien metros, podía saludar a cien vecinos
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Durante años, Berta entraba cada mañana en el despacho del alcalde en el Ayuntamiento antes que él mismo. Ella se ocupaba de la limpieza, de poner orden y concierto a aquella maraña de papeles y documentos, de dejar todo listo para otra jornada maratoniana de horas, más horas y pincho urgente en La Botica, a ser posible de tortilla y, por supuesto, de patata. Y cada mañana recibía el saludo de Tini, las bromas sobre el exceso de «ese brilla brilla» en el suelo, las preguntas sobre la fía y la nieta. Hace años que Berta está felizmente jubilada, casi tantos como los que Areces ya no ocupa aquel despacho, pero en todo este tiempo, hasta hace dos días, casi literal, Tini y Berta se cruzaron por Gijón decenas de veces. Y ni una sola de esas veces faltaron el par de besos, ni los recuerdos, ni la conversación. Porque así era Areces, el hombre que de su casa al Dindurra, apenas cien metros de recorrido por el paseo de Begoña, podía echar tres horas. Siempre sonriente y mirando a los lados, siempre dispuesto a pararse.
Recordaba ayer Antonio Gamoneda que pensar en él era pensar en «abrazos». Y tiene razón el poeta: siempre la tiene. Se los dio a Berta y a cientos, miles de gijoneses, pero también a las grandes personalidades del siglo XX. Como alcalde y sobre todo como presidente del Principado estuvo en los despachos de Mandela y Fidel Castro, visitó a Oscar Niemeyer en su estudio y al Papa en el Vaticano. También recibió un sonoro y sonado tortazo en la inauguración del 'Elogio del Horizonte', la escultura que se convirtió en símbolo de Gijón y a él en amigo de Eduardo Chillida. Areces deja obras, aplausos y también, por supuesto, críticas y críticos. Tini, solo amigos.

